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A la sombra de la torre medieval, a sus pies está orgullosa Señuela. Pequeña localidad perteneciente al municipio de Morón de Almazán, villa que merece ser visitada.
Alrededor de 70 casas, en la actualidad cuenta con ocho habitantes "abubillos", tuvo su época de máximo esplendor en las primeras décadas del siglo pasado. Como tantos pueblos sorianos ha sufrido la feroz emigración de los sesenta. Los habitantes dejaron la tierra de sus mayores y marcharon en busca de nuevas oportunidades para ellos y sus hijos.
Edificada en alto (1.069 metros) para así solucionar uno de los problemas históricos de los pueblos, su defensa. El enclave físico junto con su iglesia fortificada garantizó su supervivencia y hacen que sea un pueblo con larga historia. 
Las actividades productivas, agricultura de secano y ganadería ovina estante, determinaron su estructura física. Casas de piedra y otras de piedra y adobe, en torno a sus dos calles principales: la Real y la del Horno.

Generalmente los pueblos se han construido en las inmediaciones de ríos, para así solucionar el abastecimiento de agua. Señuela no tiene cerca ni río ni arroyo. El problema se solucionó con el agua de lluvia y aprovechando la existente en el subsuelo. Para uso doméstico existía una fuente de agua potable en las proximidades del pueblo. La colada se hacía en un lavadero público o "Pozo Concejo" y en pilas particulares. Para los animales existían balsas y pilones. Hasta principios de los años ochenta, no se puso el agua corriente en el pueblo. 


Quiero hacer una mención especial al lavadero público o "pozo concejo", por ello copio el texto de lo que escribí y se publicó en la prensa local. 

Pilas del lavadero o pozo de concejo de Señuela, fueron robadas en 2012.
La noticia, triste noticia, es que han robado dos pilas del antiguo lavadero de Señuela.
El lavadero público o "Pozo Concejo" de Señuela, es un lavadero descubierto, cercado con pared de piedra, con un pozo para sacar el agua subterránea y brocal, y sus pilas de piedra. Las pilas robadas eran de una única pieza, labradas a cincel, quizás una de ellas medieval.
Si las piedras hablaran, estas pilas podrían recitar libros de relaciones interpersonales. Nos dirían noticias agradables y tristezas, de sacrificios, de cómo administraron con sabiduría la miseria nuestros antepasados. Nos explicarían como se lava a mano, de la tabla, de rodetes, de panales de jabón hechos a mano, de baldes, de azulillo, etc.
No sé si estas pilas lloraban, cuando con pluma y de cuajo fueron arrancadas, quizás no, o es que no pues estaban asustadas y extrañadas; quizás durante el viaje en camión, probablemente de noche, tampoco, o es que no se veían las lágrimas en la oscuridad; no sé si llorarán en algún chalet o en otro lugar, pero sé que están tristes.
Lo que sí sé, es que alguna lágrima se ha desprendido y ha caído, como gota de agua cristalina, por las mejillas, de esas mujeres que hasta los años 60 lo utilizaron para hacer la colada.
Esas mujeres que en invierno cuando el agua salía caliente, aunque se helaba pronto, iban a lavar llevando un saco lleno de paja para meter los pies y que el frió fuera menos intenso. Esas mujeres que al salir el sol, tapaban con un trapo la pila y le echaban algún caldero, para saber que estaba ocupada o cogida. A esas mujeres, a esas mujeres,.....
Podrán llevarse piedras, pero no os pueden robar el corazón. A vosotras mujeres os ánimo para que desde lo más profundo sepáis transmitir a vuestros nietos y bisnietos, una forma de vida y una cultura que ha desaparecido.
Escribo estas líneas como homenaje a todas aquellas mujeres que lo han utilizado a lo largo de los años; a los ladrones solamente decirles, que no robáis piedras, robáis las historias de los pueblos y de las familias que los han habitado.
Cándido. Señuela.
Las pilas aún no han aparecido, es de agradecer y mucho el apoyo recibido. Como muestra la entrada en su blog un buen amigo. 
http://juancar347.blogspot.com.es/2012/10/cultura-y-patrimonio-en-el-pais-de-las.html
Frente al pueblo orgullosa está la “Peña Chimilla”, quizás el topónimo de “Li-Millán” esa aldea que aparece en el Privilegio que a los moradores de la Muela de Morón, dio don Fernando IV y doña Constanza de Portugal, en la Era de mil trescientos cuarenta  y dos años era hispánica, que se corresponde al año 1304 de la era cristiana. “Y dámosles que hayan por su término estas Aldeas que aquí dice Li-Millan (San Millán ó Simillán) y Latonelos anchos (La torre los Anchos), y la Torrrebueno, y Villaseca, y las Casas, y Alepus, y el Molino de Cincho, y Catalborne.”

Te propongo un pequeño paseo hasta su cima, no te arrepentirás si eres amante de horizontes despejados.
Atrás dejamos el pueblo, con sus casas  y el rehabilitado horno comunal, leña quemada, ascuas y ceniza, pan cociendo, tortas de chichorras y miel fundida. Olores del pasado. A la izquierda la iglesia, torre-atalaya, San Diego de Alcalá y Santo Domingo de Silos, fe de los creyentes y reposo para los cuerpos en el pasado. El corral del común cercado de piedra, descanso de bueyes y equinos, dulero o vaquero, pesquisa, rastrojeras y dehesa boyal  Llegamos a la fragua restaurada, fuelle, martillo y yunque, arreglo de rejas, herraduras, soldaduras y forjados. Sonidos del pasado. 
(De la iglesia ya he hablado en una entrada anterior, del horno y la fragua para la próxima).
Salimos del pueblo y allí está. Altiva la divisamos, nos espera.
Llegaremos por el camino de concentración a la fuente con su puerta oxidada por el tiempo, tiempo de sequía y racionamiento, cántaros, aguaderas o alforjas; el pilón con su fecha y nombre, “Año 1875. López”. La balsa con el agua sobrante, en tiempos trabajo para el común, hacenderas para limpiarla y repararla o en invierno hielo roto, para que pudiera beber el ganado.
Palomas, tordos y gorriones en bandada. Quizás nos sorprenda el veloz vuelo de algún  pato o el rojizo pico de la polla de agua al esconderse, o escuchemos el Croak o Croak o Croak de las ranas. Salamanquesas escondidas. Sonidos e imágenes de la naturaleza.
Ya llegamos, ya hemos llegado, los sentidos se agudizan.
Podremos ver el vértice geodésico, altitud de 1082 metros, es el paraje del "Alto del Horcajo”. Lindando, piedras esparcidas sobre el suelo, piedras sembradas por el hombre, piedras en las que  se depositaba la sal para que las ovejas pudieran tomársela.
Olmo poderoso sobre las ruinas de la majada. Aislado desafiando al tiempo y a la grafiosis.
Divisaremos la carrasca donde el del Búho Real o "Gran Duque" anidaba. Caseta en el pasado para grabar la crianza de los dos pollos, imágenes y voz del naturalista Félix Rodríguez de la Fuente. 
Contemplamos el paisaje, es lugar ideal para disfrutar un amanecer, una puesta de sol o contemplar un cielo estrellado.
Y soñaremos.


Sentada sobre un banco de nogal, a la sombra del viejo olmo, las manos nudosas entrelazadas y la mirada perdida en el horizonte estaba la abuela.
El sonido, aburrido, constante y monótono de la lavadora se oía de fondo. A su mente vienen recuerdos diáfanos de la juventud, la ardua tarea de lavar la ropa. Se dio cuenta de que aquellos recuerdos eran más nítidos que los de hacía pocos años.
Cerca de ella, recostada en la pared de la casa, estaba su nieta. La mirada fija en el móvil, por donde deslizaba sus dedos con gran destreza.
-¿Quieres que te cuente algo de cuando era joven?- Dijo la abuela con voz pausada. Sabía que cuando la única verdad que conocía: “si naces, morirás” se cumpliera, todos esos recuerdos se perderían en el tiempo.
-Sí, claro. -Respondió la nieta con un tono de voz agradable. Era afable, simpática y cariñosa. Había escuchado al calor de la lumbre muchas historias de boca de la abuela. Algunas de ellas varias veces. Guardó su móvil y se acercó.
-Cuando yo era como tú, en las casas del pueblo no había ni luz, ni agua corriente. No hace tanto tiempo de esto, no te pienses. Había que ir a lavar la ropa al pozo Concejo, donde estaban las pilas de piedra. Con una cuerda atada a un caldero sacábamos el agua para llenarlas y así poder lavar.


-¿Por eso abu las piedras del brocal tienen esos surcos labrados?
-Claro, del esfuerzo de todas las mujeres que nos precedieron. Pero si estaban ocupadas, -continuó la abuela- teníamos que ir con la colada más lejos; a la fuente El Adre.
-¿Por qué se llamaba así?
-Creo que era porque hay un estanque y se repartía el agua para regar los huertos. En las pozas que se formaban en el cauce del pequeño riachuelo lavábamos. Fíjate, el agua salía en verano fría y en invierno caliente.
-¿No sería abu que el agua salía siempre a la misma temperatura? Y si hacia frío parecería que estaba caliente y al revés.
-Puede, puede que lleves razón. Eso no lo había pensado yo.
¡Ay cuánto trabajo! enjabonar, restregar, aclarar, secar al sol, recoger y volver a realizar la misma operación.
Tampoco teníamos lejía. Y había que blanquear la ropa. ¿Te cuento cómo lo hacíamos?
-Vale.
-Utilizábamos la ceniza como lejía. Cuando se quemaba la leña en la lumbre, la guardábamos y la cerníamos. Se ponía envuelta en un paño encima de la ropa. Y echábamos poco a poco agua caliente. Se filtraba y la recogíamos. Otra vez a calentarla y a repetía la operación.
Al principio la ropa blanca la metía en un cesto forrado por dentro con tela. Se colocaba encima de la piedra que hay en el corral. Si te fijas es más gruesa por un lado que por el otro y está algo inclinada. Tiene un canal por el que bajaba el agua y la recogíamos en un recipiente. La hizo tu abuelo, que en paz estará.
-¿Por eso pones flores sobre ella?
-Sí, así lo recuerdo.


- Luego ya teníamos el coladero. El terrizo con un tubo para desaguar  que está en la cocina.
Cuando yo ya no esté, tú sigue poniendo flores sobre la piedra. Sabes que a mí no me gusta la ciudad de los muertos.