Hay tres expresiones, relacionadas con la obtención del pan, que a mí me parecen preciosas. Son expresiones que ya no se utilizan, sólo quedan en la memoria de nuestros mayores. “Tierras de pan llevar”, “eras de pan trillar” y “hornos de pan cocer”. Las tierras para la siembra, las eras para la trilla y los hornos de hacer el pan.
El pan, en una economía de subsistencia, fue un elemento imprescindible en la dieta diaria de los habitantes de nuestros pueblos. Hasta mediados del siglo pasado, eran los vecinos los que elaboraban las hogazas. Se solía cocer cada diez o quince días. Ese pan guardado en lugar fresco, tal vez en el cajón del banco de la cocina, los primeros días estaba blando. Pero a medida que pasaban los días se esperaba ansioso, a que llegara el fruto de una nueva cocción.
Los pueblos con más población disponían de panadería, donde se amasaba, fermentaba, horneaba y vendía el pan. Pero en la mayoría de los pueblos de la provincia, había horno u hornos comunales. De estos hornos comunales, “hornos de poya”, trataré en una próxima entrada. En ésta hablaré de otros hornos, los que algunos vecinos se construyeron. Son hornos caseros, generalmente situados en las pequeñas poblaciones o construidos por las familias más pudientes.
 Estepa de San Juan.
Es una entrada para dejar constancia de un patrimonio particular que se está perdiendo o que desgraciadamente, en muchos casos, ya está perdido. Unos apuntes generales y un pequeño testimonio gráfico. Palabras y fotos de una gran diversidad, que aún podemos contemplar, en los pueblos de la Provincia de Soria.
Estos hornos familiares o individuales se encuentran en la planta baja de la casa, aunque en ocasiones se ubican en la primera planta.
Torrearévalo.
Es en la cocina de la casa, donde está la boca. La cocina, también era  el comedor, la estancia más importante de la casa. Allí junto a la chimenea y al calor del hogar, era donde más horas pasaba la familia.   
Baniel.
Valdeprado.
En algunos casos, estaban construidos en alguna estancia anexa o en algún edificio cercano.
Portelárbol.
La cúpula de los hornos para la cocción es semicircular. Construida de adobe por su gran resistencia al calor. Barro y paja molida, secado en la adobera especial, en la adobera curva.
Puebla de Eca.
Moñux.
A veces los encontramos de ladrillos y/o tejas de barro, también elementos resistentes al calor.
La boca solía ser cuatro piedras formando un rectángulo. Cuando una de estas piedras se ponía de color blanco, el horno había alcanzado la temperatura necesaria para la cocción.
También podemos encontrar la boca en forma de arco, piedras o ladrillos hábilmente colocados.    
Molino de la Media Legua.
La parte externa, la que recubre el horno de cocción, puede estar dentro de la casa o dar al exterior. En este último caso es visible, al dar a una calle pública o a un corral del mismo propietario. Esta vista exterior lo normal es que sea semiesférica, raramente la podemos encontrar rectangular. 
Fuensauco.
Dombellas.
Existen diferencias motivadas por los elementos constructivos disponibles, en la zona donde se ubican. Se emplean en la pared de mampostería, mortero y barro, piedra, adobe ...
El edificio está cubierto por un tejadillo para evitar el paso del agua. Un tejadillo de tejas árabes, de losas o pizarras.
Villabuena.
Segoviela.
La pérdida de su utilidad originaria al haberse sustituido por los hornos industriales y panaderos de profesión. El éxodo rural que ha dejado a nuestros pueblos vaciados. Son algunos de los motivos por los que la mayoría de los hornos estén desapareciendo.
En alguna de las rehabilitaciones de antiguas casas y en otras de nueva construcción, la mayoría para segundas viviendas, observamos que existe una añoranza. Nuevos materiales y otra utilidad, en otros tiempos.
Ledrado.
Ocenilla.

Canredondo de la Sierra.
Nosotros y las nuevas generaciones no echaremos en falta aquello que no conocimos. Pero las personas mayores, fundamentalmente mujeres, siempre añoraran su horno. El olor del pan, mientras cocía o el sonido del crepitar, de la hornija. 






Pedraza.
El sol ya se va poniendo, sus rayos se difuminan y desaparecen, es la hora estipulada. Algunas mujeres se han juntado en el “horno de pan cocer”. Es la hora de echar la suerte, de determinar el orden para la cocción. En la boca se hace el sorteo. En un doblez del delantal, que la hornera había formado, se han introducido las monedas, todas iguales de 5 céntimos. Previamente las han marcado, con señales diferentes. Muescas, cruces o rayas, hechas con la horquilla de recoger el pelo. Bailan y bailan, se oye su sonido metálico. Una mano inocente las va sacando, así será el orden en que deban utilizarlo.
La suerte había querido que le tocara, al día siguiente por la mañana. La noche anterior sacó la levadura, la “masa madre”, que bonito nombre. Era masa del último amasado, guardada en un puchero rojo, dentro de la fresquera. La vez anterior se la había tenido que prestar su vecina. “Hoy por ti, mañana por mí”.    
Ocenilla.
El agua cae lentamente, del cántaro rojo, en la palangana de porcelana. Las manos lavadas y el delantal inmaculado, asido a la cintura. Comienza el ritual heredado. La vieja artesa, donde se amasaba, volvía a tomar vida. La harina en abundancia cubría su base, en el centro las manos expertas, hacen un hoyo. Allí deposita la levadura y añade el agua con sal. Sobre un litro, calentado en las ascuas de la chimenea baja. Con cariño, unas manos femeninas, expertas la trabajan. La masa ya está formada. Levadura, harina y agua compactadas. Cuida su tesoro, lo protege del frío. Delicadamente la cubre con un trapo y sobre él, echa una capa de harina. Costumbre, palabras de fe trasmitidas, pronuncia en alto: “Dios te crezca y te adonezca y te ponga lo que te haga falta”.
Y descansa, hasta el día siguiente, la masa abrigada. El día continúa, para las poco valoradas, mujeres de nuestros pueblos.   
Señuela
Amanece y el trabajo sigue. Sobre unas trébedes ennegrecidas está apoyado, el caldero de cobre, calentándose en la lumbre. Casi un litro de agua por hogaza. La levadura se ha abierto, “ha venido”, la levadura está buena. En la artesa, lentamente y con cariño, comienza el amasado. Empieza la “soba”, de harina, la que admita. Por ser mucha la cantidad, hace dos partes. Las amasa separadamente y luego la junta. La coloca en una esquina y la tapa con el “masero”, un trapo limpio. Debajo de la artesa, el brasero con ascuas, para que no se resfríe y venga antes la masa. Hay que cuidarla, hay que mimarla. El pan es fundamental, en una alimentación de subsistencia.
Matasejún.
Ya está amasado, ya tenemos la masa grande. Lo primero y antes de que se olvide, separar una pequeña porción. Será la levadura, para que el proceso comience dentro de unos diez días.
Allí en reposo, aguarda aproximadamente una hora. Ya comienza a hacer las hogazas. Las va colocando en unas tablas largas. Siete en cada una, sobre un “masero”, con el que después las cubre. Ya están dispuestas para llevarlas al horno. La tabla, en equilibrio apoyada en el rodete, sobre la cabeza. Ha pasado algo menos de una hora, desde que finalizó el amasado. Ya puede comenzar el proceso de cocción.
Valloria.
La hornada, entre 25 y 30 hogazas, en esta ocasión era compartida por dos vecinas. Sobre la masa a cocer se habían hecho marcas propias, para diferenciar las hogazas de cada una. La hornija empleada como combustible, la habían llevado a partes iguales. Del “hornijal”, cada una había traído uno o dos haces al horno.
Villalba.
La hornera es la encargada de encenderlo. Los espinos y zarzas arden, se oye el crepitar de la leña. El humo sale por la chimenea del pequeño edificio, asciende lentamente difuminándose en el cielo azul. El color de la bóveda ha cambiado, ahora es blanco.
Con el hurgonero, el palo largo, va deshaciendo las brasas. Las barre con las “bragas” o “barbas” amontonándolas en la entrada, a un lado. Era el momento esperado. La hornera las iba introduciendo con la pala, cogiendo bien la vuelta del horno, círculos concéntricos de hogazas. La primera una torta, con surcos redondos donde lleva aceite. 
La boca cerrada con la chapa metálica. Con la rejilla las va moviendo para ponerlas en el lugar adecuado, según llevan la cocción. Ya están las hogazas rojas. Las va sacando con otra rejilla más grande. En los poyos de piedra esperan. Allí estaban las hogazas, allí olía a pan cocido. Una vez que se han enfriado, las mete en cestos de mimbre, para llevarlas a casa.
A la par ha cocido unos bollos, en su interior contienen chorizo, tocino y huevo. Irán en el zurrón, será la merienda para el pastor, mientras cuidaba el rebaño.
El calor del horno ha bajado, ahora es el momento de hacer las tortas de cenceña o de chichorras.
La hornera se había encargado de la cocción. Solo faltaba pagar su trabajo, abonar “la poya”. Una hogaza por cada vecina que había cocido, ese era el precio.
El número de vecinos disminuyó, el horno de poya se convirtió en horno comunal, en el que cada vecino cocía su propio pan.
Estepa de San Juan.
Y luego ese horno, como muchas más, desapareció. 

Estas líneas son un homenaje a las mujeres que los utilizaron y en especial, a quien me dio la vida.



Entre el verde puntiagudo del acebo, su fruto rojo destaca, sobre la capa de blanca nieve. Allí quedan, algunos nada más. El duro invierno soriano.
Respeto a las boinas caladas, sobre los surcos de la vida. Las palabras pausadas, de manos sarmentosas. Miro con el corazón e intento comprender y entender. Cuando escucho el habla sobria, en los carasoles sorianos. Sus recuerdos. 
Siento el olor de esa rosa. Rosa roja. Ilusión de manos femeninas, que perdura con el paso del tiempo. Por el cristal se deslizan gotas de agua, mejillas resbaladizas y ojos colorados.

El canto amoroso, del mirlo blanco, entre las hojas verdes, destinatario busca. Allí están, algunos nada más. Humilde primavera soriana.   
Juventud e ilusión de la mano. Libertad para elegir, el suelo donde poder vivir. La esperanza de que otros hasta allí llegarán. Flores variadas, junto a árboles majestuosos. Contrastes. Comprensión y solidaridad. Hogares nuevos, por mí valorados. Animemos el esfuerzo. 
Y se escucha el sonido del agua, en la modesta cascada, cuando la vida vuelve.  
   
La mies y la hierba agostada. Ocres movidos por el viento, Bajo la vieja carrasca sestean, las pocas merinas que aún quedan. Allí han vuelto, algunos nada más. Verano soriano de recuerdos. 
A las raíces de su sangre. El olor a hogar en el aire. El olor a pan cocido en el horno comunal y el guiso a fuego lento, en la chimenea baja. 
Reunión familiar en las noches. Comunicación oral, usos y costumbres, palabras en el aire.
Y el viejo reloj de pared, nuevamente marca las horas. 
La algarabía hermosa de los niños. El sonido del silencio, mientras tarareo en voz baja una canción.
El agua corriente corre, por el grifo del progreso.  

Transición de tonalidades, en los árboles de la ribera. Hojas verdes, rojas y amarillas, cuando el día acorta. El viejo membrillar de secano aún da, sus frutos carnosos. Volverán, otros colores volverán para ser contemplados. Esqueletos de piedra en equilibrio, movidos por el viento, en el otoño soriano. 
En la cocina un calendario ennegrecido, marca el tiempo detenido. Cántaro rojo, cántaro negro y botijo. El agua espera, en la carcomida cantarera, tras las cortinas.
Allí queda el silencio, muchos sentimientos afloran en el silencio. La memoria de nuestros mayores, con detalles que perduran. Nombres y fechas. Mensajes en piedra, en yeso o en vigas de madera. Emociones que florecen, en la soledad deseada. Expolio, amantes sin escrúpulos de lo ajeno. Pensamientos contradictorios, ante las ruinas. Flores de plástico, bajo cruces oxidadas. 
Ya no mana agua de la fuente pública, …

Nos hemos acostumbrado, nos han acostumbrado, a un mundo en que la inmediatez se ha convertido en religión. Las redes sociales han sustituido a las relaciones interpersonales. Lo urbano se impuso, lo impusieron, sobre lo rural. El asfalto ha sustituido a la tierra. La apariencia y la realidad. El fondo y la forma. Y poderoso caballero, …
Y del patrimonio cultural. ¡Hay el patrimonio! de eso no hablemos. Alguna batalla ganada, pero desgraciadamente la guerra perdida.  
Haz el camino sin prisa. Encuentra la belleza en la sencillez, en los pequeños detalles. Yo me sorprendo y me conmuevo. 

Te pido perdón por profanar tu casa, pero la curiosidad me pudo. La puerta de la calle estaba abierta, y una energía me llevó a la planta superior. Entre las ruinas, ascendí por la escalera en equilibrio. Otra puerta abierta, la de tu morada. A la entrada la silla de ruedas, tal vez el paso de los años, la vida misma allí te llevó. Te postró junto a los recuerdos.
El silencio. En la pared chorretones marrones descendientes, barro mezclado con agua. La cama de hierro, con el jergón y el colchón de lana, apolillado. Cascotes sobre la mesilla de noche, donde en el pasado descansó el vaso de agua y quizás la radio de la compañía. Cuadros caídos, imágenes de tu fe. Las puntas no aguantaron el paso del tiempo. Todo pasa,si todo pasa.

Luces y sombras. El claroscuro de una vida. Vuelve el silencio.

Allí como una premonición, después de la única foto que hice, la batería del móvil se agotó. Allí en silencio, me puse a imaginar. 

Y ahora viendo la foto, en silencio, sigo imaginando.