Día de comienzos del otoño, los chopos del Linares ya amarillean. Vuelvo a recorrer los poco más de siete kilómetros, que separan San Pedro Manrique de Vea. Esta vez acompañado de dos buenos amigos, andando de la villa al despoblado. Aunque ya lo la he recorrido otras veces, sigue sorprendiéndome. El paisaje, tras cada curva del camino, me impresiona por su belleza.


La senda, estrecho camino de herradura, con algún muro de contención acompaña al río en su recorrido. El afluente del Alhama avanza encañonado hasta Vea, para luego seguir con su vida, camino de Villarijo. A veces se acerca como queriendo abrazarlo, molinos harineros, centrales eléctricas y huertos en sus márgenes, ahora abandonados. Proyectos de rehabilitación, románticos para alguno, y restauraciones que ilusionan para otros. A medida que avanzamos se aleja del agua, va serpenteando a media ladera, sorteando las roquedas, entre vegetación autóctona o entre malditos pinos de repoblación. 


Es un día entre semana, hay silencio al caminar. El sonido del silencio, propicio para imaginar, para recordar lo leído o lo contado. En otros tiempos vereda transitada por caballerías y albarcas. Días de mercado, los lunes a San Pedro y días de molienda. Molinos maquileros de agua, talegas, harina, salvado y muchas historias. Sobre angarillas, tetones o cabritos, en lomos de mulos. Camino de ida, camino de vuelta. Recua con aceite y vino, tratantes de blusa negra o tenderos trashumantes. Dura vida, que ya hemos olvidado. Una forma de vida, quizás la única posible.
Caminemos, sigamos avanzando, barranco de San Fructuoso, ermita en la cumbre y agua al Linares para abastecer otros molinos. La central, la Media Legua y el municipal de Vea.


Y de allí partieron y de allí se fueron.
En el camino, por razones sentimentales, parada obligada. Ven acompáñame a este molino-aldea, la que está a “Media Legua”. En diciembre de 1751, cuando se realizó el catastro del Marques de la Ensenada, ya aparecía. Era propio de Diego León, vecino de Vea, quien se lo administra por sí. El molino que también fue central eléctrica, para iluminar tenuemente San Pedro.
Ves el horno de cocer el pan, cuanto esfuerzo e ingenio. Piedra sobre piedra y atrio cubierto, ladrillos y teja en su interior, cuanta belleza. Sientes el olor de la hornada o el humo perfumado, de espinos, chaparros y estepas en combustión. No te asustes, son las palomas que vienen a posarse en las repisa, antes de entrar a satisfacer los buches de sus pichones. Ves las gallinas picotear la hierba fresca, mientras se escucha el “clo, clo, clo..”, de la clueca incubando. Oyes el relinchar de las caballerías, mientras su amo, toca la fina harina de la molienda, antes de meterla en las talegas. O las voces infantiles. Vienen de la cocina, mientras a fuego lento, sobre las trébedes, el guiso lentamente se cocina, .....  
Descendamos hasta el río, toquemos el agua de la vida.
Negro día, en el paisaje nevado, de un veinticinco de enero del año 1915. La negra muerte llegó a la fábrica de luz, en el cuadro de distribución. Marcos las Heras Marqués. Cuánto esfuerzo después, pañuelo y sayas negras. Casimira León Jiménez. 
Y de allí partieron y de allí se fueron.
Ahora sólo maleza, la naturaleza haciendo su trabajo, y las piedras caídas. El molino, el horno, el gallinero, las construcciones anexas, todo en ruinas. Letras rojas en la puerta, “Molino de la Media Legua”, que el tiempo se ha encargado de borrar. Números, cuentas de molienda, aparecen difuminadas, en el yeso blanco de las paredes. Cerca el cauce del río de la vida, junto a los cimientos del puente, que la riada se llevó.
Seguimos el camino, encina solitaria que desde su puesto privilegiado, contempla el valle. Pasamos el puente de piedra, hermoso puente, para salvar las lluvias de montaña o el deshielo. Admiremos la encina centenaria, que yace derrotada por el rayo y el viento, arrancada de la tierra que le vio nacer.   

Hasta que llegamos a Vea. Allí está: "en un peñascal donde el diablo no pudo entrar", dice la epístola satírica. La leyenda, la cabrada con antorchas encendidas en los cuernos, para hacer pensar a la morisma que estaba bien defendida.
Vea, o antes Bea, el pueblo, las ruinas, el expolio y el vandalismo continuado.
Uno recuerda el pasado y lo vivido, mientras camina por las estrechas y empinadas calles, esos médicos rurales, amigo Blas Gonzalo. Otro sobrevuela y contempla, los restos del pasado, amigo Luis  Díaz. Las casas, las majadas, el molino, el cementerio, la iglesia, la escuela y el ayuntamiento, la plaza, la casa del curato,..... Admiran el esfuerzo, sé que vosotros lo sabéis valorar. Yo voy a realizar un deseo, otras veces postergado. Ascenderé al castillo, ése que desde la era, tras la espadaña huérfana, en el cerro se divisa.
Y de allí partieron y de allí se fueron.


Pequeño pueblo soriano, tierras de labor y montes de encina. Unas tierras que siempre estuvieron ahí. El horizonte despejado y los campos verdes de primavera. Pasó el crudo invierno soriano, el manto blanco y los carámbanos en equilibrio. Benditas suertes de leña en el monte comunal. Cisqueros y leñadores. Carbón vegetal en braseros, sacos de cisco y leña en la chimenea.
Lentamente traspasa el quicio de la puerta, de la casa del esfuerzo. Ayudado de su fiel amigo, un bastón con empuñadura de águila. Se sienta sobre su silla de anea. Eleva la mirada hacia el azul, del claro cielo. En un vuelo imaginario, alas explayadas, contempla la decadencia de unas tierras, que durante siglos sobrevivieron a las adversidades.
Las imágenes y las palabras se agolpan, todas quieren salir a la vez. En la cara la sonrisa de unos tiempos de recuerdos, de unas fotos en blanco y negro. Las casas habitadas y los niños en la escuela. Trabajo y más trabajo. La fragua, el horno y el lavadero. Trabajo y más trabajo. Las tierras y el ganado. Y una sonrisa en la cara.
Tradición oral y leyenda en tierra de centeno, que da  nombre al pueblo, a su pueblo. Una yunta de bueyes labrando el campo, tierra fértil junto al arroyo Linares. La reja aguzada, otra muesca en la tablilla del herrero, para con los frutos recogidos saldar la deuda. Sobre el surco aparece la imagen desenterrada. Allí se edificó la ermita, piedra sobre piedra. Allí se veneró a la Virgen: “Virgen Santa de Linares/eres hermosa princesa,/salisteis a un labrador/en la punta de la reja”. Y al lado se construyó la casa del santero, abobe sobre adobe. Tierras comunales y herencias devotas para su sustento.
Fiestas profanas y también religiosas. Disparos de cohetes, ronda de dulzaineros y jotas, animados y concurridos bailes y los partidos de pelota. Repique de campanas y misa en San Lorenzo Mártir. 
Y el segundo día  procesión a la Ermita. Dianas, al alba el Rosario por el pueblo y la virgen paseada  a hombros de los jóvenes. Notas de música sacra recorren el camino, algo más de un kilómetro, tras los pendones. Cánticos a la Virgen y andas a hombros. Subasta de las roscas y banzos en la explanada, junto a la casa del santero, antes de la misa.
Con voz entrecortada, pausadamente, ahora surgen palabras de resignación. Las casas vacías y el silencio. Y la ermita en ruinas. 
El tejado caído. Ya no quedan ni los sillares de la puerta de acceso. Piedras labradas por canteros, tal vez, en chalet de pudientes.
No pisaré el camino, ese camino que lleva a la ermita.
Ya desaparecieron los exvotos de sus paredes. Trenzas anudadas y cera moldeada. La devoción tras promesas cumplidas. Fotos de soldados para la protección y fe en curaciones milagrosas.  
No transitaré por ese camino.
Ya no está la reja que protegía la entrada, no hace tanto que desapareció. Maldito usurero que compra, quizás lo que otros forzados por la necesidad usurparon.
Ya dejé de recorrer hace tiempo, la senda que a orillas del Duero lleva. 
Ya hace tiempo que no suena el campanillo. Ya no sale en septiembre, tras los frutos recogidos, la patrona venerada. No peregrina, a hombros de la fe o de la tradición, a su morada.
Ya no peregrinaré, yo tampoco.
No me gusta blasfemar, pero mal nacidos aquellos que en unos pocos años, han destruido lo que se construyó en siglos.
Y allí quedó Eugenio con sus recuerdos. Sonrisas y lágrimas. Y allí volveré cuando las lluvias de primavera y el tibio sol soriano, hagan florecer las violetas bajo el azul del cielo.



Cuando el día clarea, tras los cristales empañados, se perciben los copos de blanca nieve. Caen lentamente, pausadamente se van depositando sobre el manto inmaculado, ya existente. En el silencio de la pequeña alcoba, con suelo de madera, se oye la tenue música de compañía, que la radio philips emite. Y sobre la vieja mesilla de roble, junto al reloj, el vaso de agua espera para alivio del asma sobrevenida al abuelo.
Con los primeros rayos de luz, a través del pequeño ventanuco del somero, sangre de la sangre, dirige la mirada por encima de los tejados, a la ventana del cuarto del abuelo. Tiene la esperanza de que no esté allí. Que no se divise el trapo rojo entrelazado y que el viento ondearía en la distancia. Su ausencia es la señal convenida, otra noche pasada sin novedad. El trapo yace en espera, anudado sobre la silla con asiento de anea.
Recuerdos, muchos recuerdos adormecidos, que con el alba a borbotones a la mente le afloran.
Tiempos del pasado, de nieve y cellisca, de muchos grados bajo cero y grandes carámbanos colgando de los aleros. Tañidos monótonos de campanas, toque de perdidos y luces de faroles. La ausencia del vecino y quizás el negro de la noche. Sonidos de bocina y bando del alcalde pregonado por el alguacil, para “abrir camino”. “Por el señor alcalde se hace saber”, la voz recorre el aire del pequeño pueblo. Quizás sea necesaria la presencia del médico o el veterinario, quizás tengan que transitar el caballo o el mulo.  Una persona por casa abierta. Pala en mano, polainas y tapabocas. Camino estrecho por la vieja calzada hasta donde acaba el término municipal. Allí donde se juntará con la senda que otros vecinos del pueblo continuo realizarán. El mismo camino que muchos vecinos habían tomado, poco a poco, sin prisa ni pausa, con la esperanza de una vida mejor. Raíces arrancadas de su tierra, por la miseria del momento fomentada. Tiempos de nombres, ahora raros, que se fueron para no volver.
Y después, hay que hacer otro camino, estrecho camino del esfuerzo, para dar de comer y beber a los animales.
Presentía desde su cama las sierras cubiertas de nieve helada. Las recordaba y las sentía llenas de fina hierba, como cuando llegaba con las merinas, al agostadero deseado. Ahora incrédulo veía que las vacas habían sustituido la riqueza de siglos de estas tierras. Lo que no lograba entender es el futuro, carne artificial creada en laboratorio le decía el nieto. No me lo creo, eso no es posible.
La abuela, enjuta y de pequeña estatura, ya había saludado al nuevo día. A través de la trampilla deja caer esparcidos los granos de trigo, se oye el sonido agradecido de las gallinas mientras el gallo altivo vijila posado sobre el zarzo. En la cocina se oye el sonido del fuego crepitando. El roble, cortado en la dehesa boyal en la suerte del año anterior, se va consumiendo dando algo de calor a la estancia. Un Hércules y el león difuminados, se distinguen en el trasfuego. Sobre las trébedes el caldero borboteando, pequeñas patatas y hojas de berzas para los cerdos. De las vigas de madera del techo cuelgan varas, con algunas vueltas de chorizos. Era un pequeña y oscura estancia, con las paredes ennegrecidas. La alacena empotrada para guardar las viejas sartenes de patas. En el vasar la irregular vajilla descansa. El cantarero, donde un botijo, el rallo y dos cantaros de colores, marrón y negro, descansan. Sobre la pequeña mesa, tantas veces pintada, el calorífico de cinc con su funda de vivos colores, donde las dos sillas se esconden.
En el hogar bajo, el puchero cocinando el guiso a fuego lento y un banco de patas desiguales. En el aire el eco de cuentos, leyendas y romances, tantas veces recitados. Palabras pausadas del día a día, palabras pausadas de decisiones trascendentes.
El abuelo, hace tiempo que ya había comprendido que la única verdad, verdad verdadera, era que si había nacido tendría que morir. Desde la ventana divisaba el nogal. Los arboles hay que dejarlos crecer, pero no crecerán si una sombra los tapa, Solamente, solamente en caso que se tuerzan habrá que poner una horcacha para guiarlos. La vida es como la naturaleza, sentenciaba el abuelo.
Se sentía mayor, había entendido que tendría que elegir, que no le quedaban suficientes días y fuerzas para todo lo que le gustaría hacer. Había entendido la vida, el sentido de su vida. 
Arriba en el somero, colgados de púas y clavos, quedan objetos del pasado cubiertos de polvo. Se resistió a venderlos a ese anticuario usurero. Antes regalados que mal vendidos. Abrió y cerró los ojos. Los visualizó, allí estaban como testigos de una vida de sacrificio, con su valor sentimental. Nombres y objetos que se van perdiendo ante la inmediatez actual. 
No entendía, ni asentía, el “cuanto menos seamos a más nos toca “ y su rostro se trasformó al escuchar una conversación, sentado en el poyo de piedra de la plaza.
¿Sabes cuál es el pueblo donde mejor se llevan los vecinos? 
- Pues ni idea. 
Es aquel en que solo quedan dos.
- ¿Por qué?.
Pues, porque no se hablan.
El abuelo era conocedor de mundo y respetaba la diversidad. Sería por el intercambio experimentado en sus largos viajes a extremos, después de la incivil guerra. 
No entendía el individualismo de la sociedad actual. Sabía que la sociabilidad era un pilar fundamental en la vida, en la convivencia de los pequeños pueblos. 
La colectividad. Las fiestas y los juegos infantiles. El trasnocho a la luz del candil, con el brasero de ascuas rojizas en los pies. Los trabajos a reo vecino o adra, para reparar paredes de dehesas boyales, caminos, puentes y acequias. La matanza del cerdo, imprescindible acontecimiento familiar. El juntar varios vecinos las ovejas para hacer piara. El segar los cereales entre varios, para optimizar maquinaria. Recuerdos. 
Veía los hombres en la fragua en torno al fuego, con el sonido de fondo del martillo golpeando sobre el yunque. La pequeña taberna, palabras entorno a un porrón y al cuarterón. Y a las mujeres en el horno comunal, mientras amasaban y cocían las hogazas. En el lavadero público o pozo de concejo. En la fuente, cántaros en la cabeza sobre el rodete En los carasoles, hilando o cosiendo. Más recuerdos.
No se encuentra más solo el que solo está, decía el abuelo.
Saca un moquero nuevo, planchado, lentamente lo extiende y enjuga las lágrimas que brotan del corazón. Lagrimas que, como riachuelos de montaña, se abren camino entre los surcos de la vida. Viviendo y muriendo.

Dormido o despierto. Todo fue un sueño, abrí los ojos y fui allí donde las raíces se juntan con la tierra. Atrás quedaron los tiempos de intercambios de saludos, ahora son tiempos de palabras mudas. Del silencio roto por el viento, penetrando por los huecos de las casas en ruinas. En unas pocas décadas hemos permitido, hemos consentido, fuimos cómplices de que se pierda lo que con tanto esfuerzo, en siglos construyeron nuestros ancestros. Y debería hacernos pensar, si aún somos capaces de pensar.

En la anterior entrada hablé de los militares sorianos que lucharon en África y de las ayudas que la Junta Patriótica Soriana les dispensó. Fueron miles de combatientes, españoles y miembros de la policía indígena, los que murieron en tierra marroquí. Muertos en combate, en las descubiertas para realizar las aguadas y poder abastecer a los blocaos, malheridos, hospitalizados en el protectorado y otros evacuados al sur y este de la península, muertos a consecuencia de las heridas de guerra, de enfermedades contraídas o muertos en cautiverio. En noviembre de 1921, hay en África 1.093 soldados sorianos, de ellos se dan como desaparecidos 48, como hospitalizados 12, como fallecidos 7 y como prisionero 1. Son soldados de reemplazo, sin preparación, escasamente pagados, mal alimentados y peor armados. 
La Junta Patriótica de Soria tomó el acuerdo de la colocación en las iglesias, de lápidas homenaje, para todos los hijos de la provincia que hayan muerto luchando en África. Un acuerdo que no distinguía muertes entre las clases sociales, no era preciso presentar el amillaramiento que justifique la pobreza, como para la concesión de donativos y socorros económicos. En julio de este mismo año, ya han sido encargadas, a una acreditada casa de Madrid. En enero de 1923, la Junta Patriótica Provincial ha expuesto en los escaparates de la Libería de don Eugenio las Heras, las preciosas lápidas dedicadas a nuestros soldados fallecidos en la campaña de África. Y se hace un ruego, a los Secretarios de los Ayuntamientos, para que pasen a recogerlas en la Tesorería de dicha Junta, las que se dedican a los militares de sus respectivos pueblos.
Lumías.
La campana de la Audiencia da las doce. Tañidos de otras campanas, las de La Mayor, sonidos de bronce monótonos y lentos. Doblan todas las campanas de la ciudad de Soria, llorando a sus muertos mientras se bendicen las lápidas. Era el 18 de marzo de 1923, dos nombres grabados en mármol. Santiago Sainz Murillo, soldado de infantería de la compañía de Ceriñola, muerto de enfermedad “por la patria” el 16 de septiembre de 1922 y Elias Beltrán Gallegos, Alférez también de infantería, muerto en combate “gloriosamente” el 8 de julio de 1922. 
Era el acto central, el homenaje a los soldados muertos en campaña. En la Diputación provincial autoridades civiles, militares, eclesiásticas, comisiones de entidades y centros docentes. En silencio se escucha el sonido de nombres, de hijos de la provincia, que han fallecido en la última campaña de África. Cuarenta y uno con apellidos, su grado y los pueblos de nacimiento. Discurso del Gobernador Civil, Sr. Mesa de la Peña. Discurso del Dr. Gregorio Calvo en nombre de los familiares. Misa en La Mayor y las lápidas bendecidas se colocan en las iglesias: de El Salvador y La Mayor.
En la provincia ya había comenzado la colocación de placas homenaje. Un ejemplo singular. En febrero de 1923, en el pueblo de Deza, se realiza el solemne acto de colocación de la lápida conmemorativa dedicada al capitán, hijo de la villa, Agustín Aguado Martínez, muerto gloriosamente en la campaña de África. “Se celebró Misa de réquiem por su eterno descanso, y la lápida colocada en la iglesia parroquial fue descubierta con gran solemnidad, asistiendo al acto las Autoridades locales, fuerza de la Guardia civil del puesto y casi todo el vecindario, los niños de las Escuelas con sus profesores, y el señor cura párroco don Pedro Febrel pronunció una plática muy sentida y elocuente alusiva a la conmemoración”.
Agustín era de familia militar. Hijo de Quirico Aguado Manrique, coronel de infantería retirado,  fallecido en Deza el 12 de septiembre de 1930 y de Salvadora Martínez. Cuatro hijos y los cuatro hijos militares. Tres de ellos murieron en tierras africanas. Agustín, capitán  de Regulares de Ceuta, muerto heroicamente en el combate Sebt (Melilla) en octubre de 1921, Quirico, teniente de Infantería ametralladoras, muerto ocho días después de su hermano, en asalto de la Esponja de Taxuda. Y cuerpos sepultados. En julio de 1927, se autorizó la inhumación de sus restos, para trasladarlos a Ceuta. Allí se unieron a los del otro hermano Marcelo, teniente de Regulares de Ceuta, muerto en la vanguardia de la columna Capaz, el día 7 del mes de junio de 1927. Un barco los trasladó hasta Algeciras. Fueron finalmente inhumados, en el cementerio católico de Torrero (Zaragoza), el 25 de julio de 1927. El cuarto hermano Virgilio, comandante sublevado, también falleció en combate, en Sarrión en 1938.
Restos en el cementerio católico de Zaragoza, placa y calle en Deza, el pueblo que le vió nacer, capitán Agustín Aguado.
Hasta febrero de 1923, que se sepa, son 41 los soldados muertos en campaña y 58 los desaparecidos. Por real orden del ministerio de Gracia y Justicia de febrero de 1923 se dicta que a los desaparecidos de la campaña cuando los tristes acontecimientos de Julio de 1921, se les dé ya como fallecidos. Noventa y nueve vidas sesgadas en ese momento, muchos soldados sorianos muertos en el protectorado, cifra que irá aumentando a medida que avance la confrontación. Luto, dolor y pena, ropa negra, mucha ropa negra.
San Pedro Manrique. Foto: Josemi Lorenzo.
Otro ejemplo es la crónica que aparece en el avisador numantino de 28 de abril de 1923. 
"El jueves 19 del corriente se verificó en este pueblo, con la mayor solemnidad, la colocación de una lápida conmemorativa de las que la Junta Patriótica Provincial, dedica a las victimas que en África perdieron la vida en aras de la Patria.
Con la asistencia en pleno de los Ayuntamientos de Neguillas y de Coscurita (matriz) y vecindarios del primero de los pueblos integro, se descubrió la lápida en el atrio de la Iglesia parroquial, en la que consta el nombre de Teótisto Tarancón Garijo, soldado del Regimiento de León, número 38, que en la toma de Tazurut, zona de Larache, sucumbió heroicamente el día 28 de Abril próximo pasado.
El acto resultó conmovedor por demás brotando lagrimas de los concurrentes, al recordar las dotes de inteligencia y honradez que adornaban al fallecido, muy querido entre sus convecinos. 
Con la elocuencia que lo distingue hablo el señor Cura párroco de Escobosa de Almazán, en tonos elevadísimos acerca de los deberes que todos tenemos para con la madre Patria.Desde estas columnas enviamos nuestro pésame a los padres y familiares del pobre soldado muerto en cumplimiento de su obligación. AMAROZ. Neguillas 22-4-23"
Neguillas.
Más muertes, más placas, notas en la prensa soriana, actos en la capital y los pueblos. Y más ropa negra.
Peroniel del Campo. Foto: Josemi Lorenzo.
En la visita que el jefe del Gobierno, General Primo de Rivera realizó a Soria, en agosto de 1927,  también descubre una lápida. Terminada la sesión en la Diputación Provincial, el Jefe del Gobierno, y su comitiva se situó frente al atrio de la Iglesia de San Juan para descubrir una lápida, costeada por la Junta Patriótica, en honor del soldado Venancio Domínguez López, muerto gloriosamente el 13 de septiembre de 1925.

En la Junta Patriótica Soriana existía una subcomisión de propaganda. En las fiestas de agosto de 1921, celebradas en Burgo de Osma, se recaudó una importante cantidad en metálico, pero los fondos recaudados no los administró la Junta provincial. Así lo recordaba la prensa provincial, cuando falleció un soldado de esta localidad, el Porvenir Castellano en febrero de 1922.
“A doña Rosario Pardo, residente en el Burgo de Osma, se le entregarán 125 pesetas. Esta desventurada madre llora en estos momentos la desaparición de su hijo en Monte Arruit artillero Alejandro Lorenzo Pardo.
Ya puede ir viendo el vecindario del Burgo de Osma como a pesar de no haber remitido aquel Ayuntamiento ni una sola peseta para engrosar la Junta Patriótica, esta simpática corporación atiende a los hijos de aquella villa con el mismo cariño que a los demás soldados provincianos.   
Decimos que es el Burgo de Osma el que no ha querido apoyar económicamente a esta Junta Patriótica y tenemos que hacer una observación. 
El honrado vecindario de su agregado Barcebalejo contribuyó brillantemente a tan humanitarios fines, remitiéndonos, a nosotros mismos, el producto de la suscripción”.
Peroniel del Campo. Foto: Josemi Lorenzo.
Las otras placas en las iglesias, una opinión personal. Dionisio Ridruejo Jiménez había nacido en la Villa del Burgo de Osma (Soria) en mil novecientos doce, con ascendencia en Tierras Altas: El Collado y San Andrés de San Pedro.
En 1938  fue nombrado jefe nacional de Propaganda, era conocedor sin duda, de las placas-lápidas de la guerra de África en la provincia. Circunstancia que pudo influirle en la orden por él firmada, de poner las placas de la guerra civil. Marketing y propaganda. Las placas comienzan a colocarse en la zona bajo el mandato franquista, cuando la jefatura del Estado, Francisco Franco, en noviembre de 1938, declara día de luto nacional el 20 de noviembre de cada año, por la muerte de José Antonio Primo de Rivera. El artículo segundo del decreto dice: “Previo acuerdo con las autoridades eclesiásticas, en los muros de cada Parroquia figurará una inscripción que contenga los nombres de sus Caídos, ya en la presente Cruzada, ya victimas de la revolución marxista”.
En Casi unas memorias. Dionisio Ridruejo nos dice:“Fue una decisión de la Junta Política de Falange. Al nombre del jefe debían seguir los de los vecinos de cada localidad muertos en acción de guerra. Era la imitación de algo que ya se había hecho en Francia después del 18. Sí, pero aquello era una guerra internacional y los muertos eran todos franceses. Aquí la cosa resultaría, más pronto o más tarde, cuestión litigiosa y memoria agresiva. Pero como yo tengo la costumbre de confesar mis culpas, no omitiré el dato de que la orden para que aquella medida se cumpliese fue firmada por mí. Así es la vida”.

Ignorancia generalizada de este periodo histórico, sangrienta y olvidada guerra del Rif. Sólo han pasado tres o cuatro generaciones y el luto de la sociedad fue sustituido por otro luto. Militares sublevados contra la Segunda República y guerra incivil.
Fuentelfresno. Foto: Josemi Lorenzo.