Era un 14 de agosto de 1968, miércoles a las doce en Valdelavilla. En el ayuntamiento junto a la casa del maestro y cerca de la escuela. Allí se encontraban reunidos los propietarios, en silencio y con la mirada perdida.
Era la culminación de un proceso, junto a otros procesos similares, en las Tierras Altas sorianas. Por Decreto 3251/1967 los dueños afectados por la declaración a efectos de repoblación quedan obligados a repoblar las fincas de su propiedad, de acuerdo con los planes que apruebe el Patrimonio Forestal del Estado y con sujeción a las condiciones técnicas que el mismo determine. En julio del año siguiente al no haber éstos manifestado su deseo de efectuar la repoblación bajo ninguna de las fórmulas ofrecidas, se hace preciso acudir al procedimiento de expropiación forzosa.
Y llegó el día de la víspera de la Virgen. Se va a proceder al levantamiento de las oportunas actas previas a la ocupación. Firmas sobre papeles oficiales, a cambio de unos duros.
Era un 14 de agosto de 1968, la víspera de la Virgen. El olor a rosquillos hechos con amor. Un pollo de corral guisado con cariño. El calor del horno mientras se hacen hogazas, bollos preñados y tortas de chichorras. Los adornos colocados en el ramo, y el “cesto” engalanado. Gritos infantiles y una alegría contagiosa.
El día 15 son las fiestas patronales, la devoción a su Virgen de la Antigua. El “mayordomo” -un mozo- cumpliendo un antiguo rito va a casa de -una moza- la “la móndida”. Unas pastas, rosquillos y moscatel le esperan. Ya están los protagonistas principales. Ya puede comenzar la procesión por todas las calles del pueblo. Se escuchan sonidos de la Salve Regina. La Virgen de la Antigua en sus andas la encabeza, banzos sobre los hombros, subastados. Detrás el ramo, con pañuelos vistosos al aire, llevado por el mayordomo. Le sigue la “móndida” con el “cesto” apoyado en la cabeza, engalanado con bellas cintas de colores. ¡Móndidas en los pueblos de la Tierra y Villa de San Pedro Manrique! El cura, los fieles y la música. Misa. Baile en la plaza y sonidos de dulzaina. Vecinos y visitantes en armonía disfrutando.
Este año. Este año no es año de celebración.
Las decisiones ya habían sido tomadas, las únicas posibles. Sentado en el poyo de piedra, las manos rugosas, seguía meditando. Murmuraba en voz baja. La garrota, el sudor frío, las lágrimas y los recuerdos.
Solo quedarían las casas, las eras, los huertos y su dehesa boyal. Sí, solo quedaba cerrar puertas y ventanas. El silencio se apoderó de las calles: Costanilla, La Fuente, Horno, Medio, Piñuela, y en su calle Real. Era 14 de agosto del año 1968. 
Allí quedaron las viviendas, la escuela, su iglesia y el cementerio, el horno de pan cocer, el abrevadero y su lavadero, el ayuntamiento y la casa del maestro, y las dos granjas avícolas de la esperanza frustrada. Llegó la diáspora, ríos que conducen a Pamplona, Logroño, Soria, Zaragoza o a San Fernando en Cádiz. El silencio se apoderó del pueblo.
Valdelavilla quedó deshabitada.
Con el trascurrir del tiempo la naturaleza hace su trabajo. Va recuperando el terreno, reconquistando lo que una vez fue suyo. La mayoría de las casas van cayendo en la ruina, heridas de muerte con piedras en equilibrio. Pueblo abandonado en el que zarzas y espinos lo van colonizando. Mientras en los huertos como testigos del pasado, resisten guindos, pomares, manzanos y nogales.
Llegó el año de 1972 y por Decreto 650/1972 de 9 de marzo Matasejún y su anexo Valdelavilla, junto a otros pueblos, son anexionados a San Pedro Manrique. El motivo es la despoblación y el carecer de recursos para mantener servicios mínimos obligatorios. 
El tiempo, el tiempo pasa y los recuerdos vuelven. Rutas por la sierra en compañía de un buen amigo. Él deshaciendo el camino, que los suyos hicieron al partir. Una vuelta a la infancia, a sus raíces. Camino que otros también hicieron, añoranza y nostalgia. Recuerdos de buitres, posados sobre las carrascas, esperando la carroña. Un olor intenso en el muladar, en las barranqueras comunales.
Llegaron los primeros años de la década de los noventa del siglo que ya hemos dejado. Una iniciativa, una idea y un deseo. Un proyecto, junto al cercano El Vallejo, seleccionado y apoyado por el ayuntamiento de San Pedro Manrique del que depende. Recuperar todo el pueblo para destinarlo al turismo rural. Un futuro para Valdelavilla, se abre en el horizonte.
Distintas sensibilidades y todas ellas legítimas. Llegó la generosidad, la cesión sin justiprecio expropiatorio. Una condición, recuperar la escuela para Centro Social de los antiguos moradores. 
Llegó la reconstrucción.
La rehabilitación de las casas respetando la arquitectura serrana exterior, piedra, bella piedra. Calles también de piedra, plaza y eras recuperadas. Decoración esmerada y con comodidades interiores. Doce casas en alquiler, salón de reuniones, cafetería y restaurante.

La inauguración fue en agosto de 1998, otra vez agosto. Un renacer. El reflejo del esfuerzo que dio sus frutos. Una oportunidad de dinamizar esta zona tan deprimida. Turismo, paisaje y medio ambiente.
Los primeros huéspedes. Alojamiento para familias, personas, celebraciones y reuniones de empresa. Una experiencia diferente, naturaleza y tranquilidad. Salidas familiares, para desconectar por unos días y disfrutar. Todo un pueblo para un turismo rural.
La inauguración oficial. Una placa lo recuerda: “EL EXCMO. SR. D. TOMAS VILLANUEVA RODRIGUEZ CONSEJERO DE INDUSTRIA y TURISMO DE LA JUNTA DE CASTILLA y LEÓN. INAUGURÓ EL DÍA DIECIOCHO DE NOVIEMBRE DE 1998 ESTE COMPLEJO DE TURISMO RURAL DE VALDELAVILLA”.
Recuerdos en la pradera del complejo turístico. El “sí quiero” de bodas diferentes. Proyectos de vida e ilusión junto al estanque.     
Solo se escuchan palabras en inglés, en estas tierras castellanas. Globalización, profesores y alumnos allí conviven. Inmersión lingüística. ‘’I love Valdelavilla, Valdelavilla is my village’’, Valdelavilla convertido en un pueblo inglés.
“El pueblo” la serie de comedia creada por Alberto Caballero junto a Nando Abad y Julián Sastre para Telecinco, producida por Contubernio Films, se ha rodado aquí. Todo un pueblo alquilado y convertido en plató de rodaje. Una realidad, Valdelavilla que se trasforma en un pueblo de ficción con nombre de “Peñafría”.
Cuando paséis por él, cuando tratéis de localizar las casas de los personajes de la serie me gustaría que valorarais lo que os acabo de contar. Y la iglesia que aparece en Peñafría, no la busquéis en Valdelavilla. 
La de Valdelavilla era de planta rectangular y espadaña para una campana. Está caída, solo veréis ruinas. Es un bien urbano que aparece catastrado. Un bien religioso con compromiso de restauración, que se llevó el viento. Quizás alguien que lea esto muestre interés o alguien con capacidad de decisión pueda y quiera recuperarla.
Una asociación de Antiguos Moradores (ADAMOV) mantiene vivo el recuerdo y la memoria. El pasado y el presente se funden. Su centro social, un lugar de encuentro, en las escuelas restauradas.
Era el 15 de agosto de 1999, treinta años habían pasado, y la fiesta del pueblo se celebra nuevamente. Este año sí, y los próximos también.
Día de reencuentros y esperanzas. Recuerdos e imágenes y tal vez pena del alma. Cierra los ojos amigo. Escucha las conversaciones. Han pasado treinta años y allí están los últimos que habitaron el pueblo. Jamás pensaron que volverían a vivir sus fiestas, lo abandonaron con un futuro incierto. Y allí están. Frases cortas, la emoción les embriaga, palabras con el corazón. Allí están amigo los que entonces eran pequeños, sangre de la sangre. Recuerdos borrosos que a la memoria ahora afloran nítidos. En silencio observan, ven la ilusión de sus mayores. Allí están amigo la tercera generación, la del futuro, la que observa y aprende. Trasmisión oral de vivencias. Sentimientos en la atmósfera. Esas son sus raíces, ese es su pueblo. 
Se vuelve a celebrar la “fiesta del ramo”. Procesión por las calles otra vez. Falta la virgen de Nuestra Señora de la Antigua en sus andas, con su Niño Jesús y la rosa blanca, encabezando la comitiva. Ella también marchó, se la llevaron al museo catedralicio del Burgo de Osma. El mayordomo, el mozo del ramo, sujeta con fuerza la copa del árbol decorada con esmero. Le sigue la móndida con “el cesto” en equilibrio sobre la cabeza. Misa en la explanada. La iglesia no resistió el paso del tiempo. Y una Salve rociera para terminar.   

Baile, vermut y juegos. Comida de fraternidad y animadas charlas. Anécdotas del pasado, vivencias de reencuentro. Un hola, un día y un hasta el año que viene.
Dos placas. Letras grabadas en barro cocido para el recuerdo, en la pared el cementerio. Allí donde descansan las ilusiones de los que se fueron. Anhelos y esperanzas del pasado.
Una de ellas firmada por un seudónimo: “L. Arévaco” (Julio Herrero Ulecia) y nombre: Artemio del Valle. Amistad valorada y plena disposición que se debe agradecer. Palabras, sentimientos y poesía. 

En la otra recuerdo y honra a los antepasados. Palabras no de personas, son nombres de familias, apellidos. No están todos los que fueron, pero están los últimos que allí vivieron.  
“La asociación de antiguos moradores de Valdelavilla, en memoria de sus antepasados, familias: Benito, del Barrio, Herrero, Jiménez, Lasanta, Martinez, Ramos y Sáenz”.


“tierras pobres, tierras tristes, / tan tristes que tienen alma”. A. Machado.

En los altos, icnitas de dinosaurios -yacimiento del Valle de Valdelalosa-, duras tierras, áridas y frías. En la hondonada el pueblo -Valdelavilla-, con un clima más favorable. “En Valdelavilla todos huertos”, dice la epístola satírica y algún frutal, resistiendo el paso del tiempo.
Casas de piedra, bellas construcciones en las ignoradas Tierras Altas de Soria. Menos de treinta edificios entre casas y majadas. Un horno comunal, su iglesia parroquial, la escuela, una fuente, pilón y abrevadero, todos pequeños como el pueblo.
Minifundio de bancales, surcos de arado romano y vertedera. Una lucha continua contra la naturaleza agreste, para sacarle fruto con sudor. Mulas, caballos y jumentos.
“Labrador, antes sin orejas, que sin ovejas”. Ganaderos de churras. Unas pocas cabezas por vecino y “piara” también en común. Agricultores-ganaderos trabajando de sol a sol. 
A mediados del siglo XVIII era aldea y jurisdicción de la villa de San Pedro Manrique en el sexmo de Carrascales, dentro de la comunidad de Villa y Tierra. Cuatrocientas veinte ovejas churras propias de los doce vecinos agricultores, que habitaban en el pueblo. Y una emigración cíclica, unas pocas cabezas trashumantes, cuando la lana de las merinas era oro. Aparcerías como las de Diego Blanco, veintiocho ovejas y ocho carneros, las tiene con las de don Juan Manuel de Cereceda, vecino de la villa de San Pedro Manrique, las de Joaquín Medel, dieciocho ovejas finas, que las tiene con las de Felipe del Rio de Valtajeros o las de Pedro Martinez, doce ovejas finas, que las tiene con las de Diego Jiménez vecino de Sarnago.
Y su tesoro, la dehesa de encinas de los propios. La riqueza del común. De secano, con una superficie de unas 96 yugadas y tres cuartas. Veinte hectáreas de todos los vecinos. Alguna colmena diseminada, caza en ocasiones furtiva, leña para la cocina baja, pastos para las caballerías y arrendada anualmente para el ganado mesteño.
Luego le agregaron al Ayuntamiento de Matasejún, fue su barrio o pedanía. Otra emigración temporal, pero ahora de personas y en tiempo más reciente. Los cabezas de familia a la vendimia o a trujales. Recolectores de uvas y “cagarraches” de olivas. Jornales de esfuerzo para así poder sobrevivir.
La lucha y el sacrificio del pueblo por y para su pueblo. Eras empedradas y una trilladora comunal, un adelanto beneficioso para todos los vecinos.  La educación lo primero.  Una escuela rural de nueva planta fue inaugurada en el curso 1925-26 solo para los hijos del pueblo.
El mismo año que se inauguró la del vecino pueblo de El Vallejo, sus niños ya no tendrán que recorrer el camino hasta el valle de la villa. Edificio construido con el sacrificio del vecindario. El alcalde, Romualdo Jiménez en 1934 cuando enumeraba las necesidades del pueblo lo decía:“Una de ellas era la construcción de una casa habitación para el maestro, dándose el caso de que aún hay personas que están pagando el interés del dinero buscado para contribuir al reparto señalado, y no puede el pueblo, materialmente agobiado, hacerla por su cuenta propia”.
Tal vez influyó para la construcción de una nueva, el recuerdo de aquellos que prosperaron. El de “un joven de Valdelavilla, pueblo al que parece hasta llegar con trabajo la luz del sol, que con la mayor constancia andaba cada día más de dos leguas de pésimo camino, para recibir las lecciones de un modesto profesor y que posteriormente encontró en América la natural recompensa adquiriendo una muy ventajosa posición social, … “(Noticiero de mayo de 1901).
La mesa del maestro, la pizarra negra con letras blancas, pupitres para dos con tinteros y letras con plumilla y pizarrín. Aros con varilla deslizándose por la cuesta y sonidos de canciones infantiles repetidas.
Y nuevos alumnos que se incorporan del cercano pueblo de Torretarrancho. Era el año 1927 “Varios vecinos de Torretarrancho, ayuntamiento de Valtajeros, solicitan que aquel pueblo se separe del distrito escolar de Valtajeros, por hallarse la escuela a tres kilómetros, con mal camino y se agregue a Valdelavilla, de cuya escuela dista solamente kilómetro y medio, de fácil transito”. Hoy de la Torre, como le llaman los de la zona, ya solo queda el recuerdo en la memoria y piedras caídas.
Proyectos de progreso e ilusión del pueblo y para el pueblo. Era la década de los treinta: una casa para el maestro y la construcción de un camino vecinal, que enlace con la carretera de Matalebreras a San Pedro.
Escuela de la República. Enciclopedia con todas las materias, un mapa de España colgado y el mundo en una esfera. Maestros interinos y juegos infantiles, peonzas rodando, escondite y bote.
Década de los cincuenta, años de mejoras e ilusión. La luz eléctrica que llegó en octubre del 1952, al teléfono y la televisión en blanco y negro no les dio tiempo. En 1957 otro anhelo cumplido, el abastecimiento de agua para la fuente, lavadero y abrevadero, a las casas nunca llegó. Su inauguración fue un hito importante para el pueblo. La visita del Gobernador Civil y el discurso escuchado del alcalde, palabras de Julián Lasanta Ramos.

Pendientes quedaban las calles y el camino vecinal contra el aislamiento. El camino nuevo, más esfuerzos y sacrificios. En el año de 1958 ya está construido. Curvas entre encinas hasta juntarse con la carretera de Castilruiz. Hacenderas de vecinos.
Nueva escuela se construye en los primeros años de la década de los sesenta, en esta ocasión se dispensa al pueblo de la aportación reglamentaria para la construcción por el Estado de sus edificios escolares, por haber probado sus escasas disponibilidades económicas.
Escuela rural de la posguerra. Crucifijo colgado, la hucha de la Santa Infancia y el catecismo de la fe impuesta. Tiempos de religión y curas con poder. El maestro interino, que no fue depurado. En el recreo voces infantiles, voces infantiles. En el pupitre la enciclopedia y el cuaderno del adoctrinamiento. Caligrafía y ortografía. Dictados y problemas. Intercalados entre ellos: “los Santos y los difuntos”, “El Evangelio”, “Nacimiento de Nuestro Señor Jesús”, “Fiesta de Cristo Rey”, “Miércoles de ceniza”, “Semana Santa” … “La campaña de Huesca”, “Defensores de Teruel”, “El sitio al Alcázar de Toledo”, “Aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera”, …
Eran los años sesenta del siglo que nos dejó, catorce familias y unos cuarenta habitantes allí vivían.
Un Decreto nº 3251/67 de 7 de diciembre, «Repoblación obligatoria» de la zona afectada, necesidad y urgencia de ocupación y la utilidad pública de la misma. Denominada «Valdelavilla», con trescientas sesenta y dos hectáreas y noventa áreas, del término municipal de Matasejún, en su anejo Valdelavilla. Se crearán pastizales mejorados, noventa y nueve hectáreas en el subperímetro de Valdelavilla>. Comenzaba el año de 1968, comenzaba el final.
Y llegó la emigración. La última maestra y los últimos pupitres ocupados. Tres alumnos, era el curso de 1967/68. El sonido de la llave cerrando la escuela, silencio de voces infantiles y recuerdos en la memoria.
Poco después en el año 1968 quedó deshabitado el pueblo. Por la carretera del esfuerzo, ascendieron los enseres de la última familia. Antes se oyó el sonido grave de la llave cerrando la puerta. Desde el alto volvió la vista a su pueblo, al de sus ancestros, a sus raíces. Sacó el moquero nuevo y seco las lágrimas que lentamente resbalaban entre los surcos de su cara.

Allí quedó su iglesia parroquial, bajo la advocación de Nuestra Señora de La Antigua. El cementerio, donde descansan los cuerpos de la fe entre cruces de hierro. El horno de pan y el olor a hogazas recién cocidas. El agua corriendo desde la fuente al abrevadero y al lavadero. Las casas cerradas y las vidas forzadas a una emigración definitiva. Familias de apellido: Benito, del Barrio, Herrero, Jiménez, Lasanta, Martinez, Ramos y Sáenz.
Puertas que se cerraron y puertas que se abrirán, pero eso será en una próxima entrada.




El sol se oculta tras el verdor de los pinos. Pardas colinas con pastos de verano en otros tiempos. A la entrada, ni indicador ni letras. El nombre de un pueblo en la memoria: El Vallejo.
En lo alto se distingue la espadaña de la iglesia. Huérfana de campanas, grandes ojos negros entre piedras.
Repique de campanas convocando a los oficios religiosos. Sombras en movimiento que parecen tomar vida. Por la cuesta una figura erguida portando el pendón, los cordones subastados del estandarte asidos por manos de la fe y la cruz procesional que le sigue. Unos monaguillos, con ropa de estreno, franquean al cura que dirige los cánticos. El pueblo, el pueblo detrás en procesión. 
En la nave central paredes desconchadas, ausencia de imágenes y retablos, andas carcomidas, pilas desaparecidas y las escaleras al coro en equilibrio. Cascotes por el suelo iluminados por la luz que penetra a través de los agujeros del tejado.
Plegarias y oraciones, palabras a su Dios implorando protección y agradecimiento por el agua bienhechora que para los campos llegó. Es día de fiesta mayor. Fiestas en honor de San Esteban, el patrón del pueblo. Es septiembre y la cosecha ya está recogida. Pastas y licores, también para los forasteros. Partidos de pelota en el frontón. Música de dulzaina, gaiteros del pueblo de apellido Jiménez. El sonido de los Fuegos artificiales de don Ángel Pérez. Partido de fútbol con los vecinos de Matasejún. Novillos de Donato Jiménez toreados. Bailes en la plaza de don Moisés Fernández, bailes hasta altas horas de la noche.
El juego de pelota, un porrón de vino disputado tras la misa o por la tarde. El público y sus palmas. Gritos de niños al salir de la escuela. Comba, balón, escondite y bote.
Se va echando la noche. La oscuridad avanza. Las tinieblas caen sobre el pequeño pueblo.
Zarzas y espinos se apoderan de sus calles empedradas, de la plaza y las eras, de carasoles, de los caminos, … Es la naturaleza recuperando lo que con tanto esfuerzo se tomó prestado. 

El cierzo sopla. Otra sombra que parece tomar vida. En el poyo de piedra descansa el abuelo, junto al garrote de avellano domado. Sedente forzado, las piernas cansadas reposando, el torso erguido y la cabeza. La cabeza cubierta con la boina negra capada, calada llegando a los primeros surcos. Mirando al suelo, con su vida y sus recuerdos. El alma, el silencio y el pasado. Ya no importa porqué fue, pero ocurrió.     

Noche negra en la sierra. Sonidos en movimiento que parecen tomar vida. Se escuchan a través de la pequeña ventana de la casa de piedra, entre el crepitar de la leña. Versos recitados al calor de una lumbre baja. Romances antiguos. Historias del pasado contadas pausadamente por la voz de la experiencia. Abrazos entre ascuas rojas, chasquidos monótonos y el humo que sale por la chimenea, asciende y desaparece.
La figura encorvada dando vueltas a la mies del esfuerzo. Las eras de pan llevar, empedradas. En las laderas bancales. El gruñido grave y entrecortado del cerdo en la matanza. Banco de madera y la abuela sujetando el caldero donde la sangre cae. La celebración familiar. 
En la memoria la escuela, en la memoria las maestras. Páginas del libro de la vida que se cerraron para siempre o ¿tal vez no?
El pueblo con vida. Las calles con gente. Sonidos y silencios. Los pastores con la punta de ovejas y agricultores del minifundio. Pueblos de los ancestros y familias que partieron.

Camino a la fuente y lavadero, pequeño como el pueblo. Risas de mujeres mientras hacen la colada. Grande el esfuerzo. En el contraste de los tonos el corazón palpita. Y más adelante piedras en las paredes.
El transformador de la luz, los fusibles y los cables. El trasnocho y los recuerdos. Un silencio deseado, la soledad y las piedras que hablan. Escucha, imagina y siente.
Errantes sombras negras. Una sensación de frío me recorre junto al pequeño cementerio de puerta derruida. La carrasca ha crecido con el rápido pasar de los años. Bajo sus ramas descansan algunas cruces inclinadas. Nombres y fechas difuminados. Almas en reposo. Sacrificio y lucha. Su pueblo y sus vidas.
El sol está saliendo, como sale siempre. Con las primeras luces recorro el pueblo. Esqueletos de piedra, mientras las losas corridas intentan proteger la madera carcomida. Piedras caídas, piedras expoliadas. Recuerda e imagina. Desolación. 

Cuando lo visites, cuando lo andes, piensa, respeta y admira. Son pueblos vivos para los que partieron. Allí quedó una parte muy importante de su corazón. Historias de vida, recuerdos del pasado, trasmitidos a los suyos. Son fechas exactas de una emigración forzada. Gentes que, durante siglos, buscaron la felicidad con lo poco que la naturaleza les daba.
Vuelvo la mirada sobre los pasos ya andados, un nombre en la memoria. Un pueblo mercancía de ideas y proyectos: El Vallejo. 
 
      



En las dos entradas anteriores he hablado del proceso de elaboración del pan y de los hornos familiares. En ésta me referiré a otros hornos, los colectivos de pan cocer.
Villaseca de Arciel.
En la mayoría de los pueblos de la provincia de Soria había horno u hornos comunales. Tanto el terreno donde estaban construidos como el propio edificio eran del común. El pueblo es su propietario. Era el horno, junto con el lavadero público y el trasmocho, lugar de sociabilidad femenina. Frases alegres, palabras tristes y noticias.
La población determinaba el tamaño y el número. En ocasiones, en pueblos con dos barrios tenían uno para cada uno de ellos. Como ejemplos: Matasejún o Magaña.
Matasejún.
Suelen ser pequeños edificios, construidos empleando los recursos materiales de la zona donde se ubicaban. En ocasiones tenían un anexo llamado amasandería, que era una pequeña construcción donde se amasaba el pan.
Torrubia.
En su interior encontramos el horno semicircular, una campana-chimenea para la salida del humo, una pila de agua donde se apagaban las “barbas” después de limpiarlo y bancos o poyos de piedra o de madera para dejar las hogazas. En una esquina se amontonaba la ceniza de la limpieza de los distintos encendidos. Del cenicero se cogía y se utilizaba para echar a ajos y cebollas, y así prevenir las enfermedades por hongos.
Las paredes del horno de cocer son de adobe, barro y paja molida, resistentes al calor. El suelo es del mismo material, de baldosas-losas apoyadas en ceniza o sirle de oveja. La “boca” rectangular, estaba formada normalmente, por cuatro piedras. Se cierra con una puerta o plancha para conservar el calor. El momento para introducir la cocción era cuando la bóveda se ponía blanca o una de las piedras de la boca adquiría este color.



Solían estar separados de otros edificios, sin duda por temor a los incendios y su propagación. Incendios que en ocasiones se producían. Toque de campanas y voces de ¡fuego!, ¡fuego!, en el aire. 
Unos ejemplos. Avisador Numantino de 1 de agosto de 1897. “El 28 del actual se incendió el horno de pan cocer del pueblo de Barcones, quedando reducido a ceniza y suponiéndose que fuera casual”. Tierra Soriana 11 de noviembre de 1907. “En Fuentelmonge se inició un incendio que destruyó el único horno de pan cocer que existe en el pueblo. Se considera casual el siniestro, calculándose en 200 pesetas las pérdidas”. Conquezuela. 1904. Incendio en el horno del pueblo reducido a cenizas.
Los vecinos, mejor dicho las vecinas eran quienes se encargaban de elaborar y cocer su propio pan. La utilización de estos “Hornos de pan cocer” se hacía por adra, así se determinaban los turnos. La hornija, almacenada en los hornijales, era el combustible empleado para calentarlo. Leña menuda, gavillas de aliagas o espinos, estepa o jara, turra, ramas de encina o roble, etc.
En muchos pueblos, mediante subasta, se arrendaban estos hornos para su explotación. Los beneficios que con ello se obtenían incrementaban las arcas municipales. Son los llamados “Hornos de Poya”. Surge la figura del hornero, el encargado de templar el horno y cocer el pan. La poya era la contraprestación que se le abonaba. El pago por su trabajo. Podía ser en especie, una cantidad de masa o un número de hogazas, o en dinero.
Yelo.
Avisador numantino 26 de noviembre de 1932. Vacante. Se halla vacante el servicio de hornero del horno de poya de este pueblo, siendo de cuenta del que solicite el servicio, la provisión de leñas. Se advierte al que tenga interés en el asunto, que produce un promedio anual de ingresos de 140 fanegas de pan. Dirigirse por término de diez días al señor Alcalde, a contar desde su inserción en el Avisador numantino. Yelo 16 de noviembre de 1932. El alcalde, P. O. Gil Egido. 
Yelo.
Durante mucho tiempo en el boletín oficial de la provincia de Soria, previa autorización primero del Gobernador civil y después por la Excelentísima Diputación (Ley municipal de 1870, artículos 67 y 70) aparecen los anuncios para su arrendamiento. Son arrendamientos en pública subasta para su explotación, con las condiciones del pliego expuestas en los ayuntamientos.
Boletín oficial de la provincia de Soria 7 de diciembre de 1860. Autorizado el Ayuntamiento de Peñalcázar por el Sr. Gobernador civil de la provincia, saca a pública subasta el arriendo del horno de poya perteneciente a los propios de dicho pueblo por término de un año, a contar desde 1º de enero próximo hasta igual día del año 1862; cuyo remate tendrá lugar a los quince días de la inserción de este anuncio en el Boletín oficial, y la puja de la décima a los ocho días siguientes al de su remate, bajo el pliego de condiciones que estará de manifiesto en el acto de remate. 
Peñalcázar.
Boletín oficial de la provincia de Soria 2 de mayo de 1873. El Ayuntamiento de Abión, en unión de la Junta Municipal, en sesión de 13 del corriente, tiene acordado el arrendamiento del horno de pan cocer de propios del mismo para el año económico de 1873 - 74, bajo el tipo de 287 pesetas 85 cénts. a que asciende el precio común del último quinquenio. El primer remate tendrá lugar el domingo próximo en que aparezca inserto este anuncio en el Boletín oficial de la provincia, y el segundo para la mejora del 10 por 100 a los ocho días siguientes del primero, bajo el plan de condiciones que estará de manifiesto en ambos remates y puedan enterarse de los que quieran. Abión, 18 de abril de 1873. El alcalde Apolonio Sanz.
Abión.
Haciendo un poco de historia vemos que a mediados del siglo XVIII y con motivo de la elaboración del Catastro del Marqués de la Ensenada, a la pregunta sobre las propiedades del común. Se responde: este lugar y su común tiene propios: tierras, dehesa boyal, casa para las juntas, fragua, pesquisas y rastrojeras, … y hornos de poya. 
Emilio Ruiz, pionero y admirado, en su estudio sobre estos hornos publicado en el año 2009 (Celtiberia Número 103) nos dice que, en la época de este Catastro en la provincia de Soria, había 33 hornos de poya incluidos los cinco de Soria.  
Es a partir de 1855, con las desamortizaciones de los bienes de los municipios, cuando los bienes propios pasaron a manos privadas. En el Boletín Oficial de Ventas de Bienes Nacionales de la Provincia de Soria encontramos la venta de alguno de ellos. Hornos adjudicados en subasta. Negocios de los pudientes, ya que permanecen poco tiempo en manos de sus compradores. Son adquisiciones para ser cedidas a terceros.
Un ejemplo ilustrativo serían las ventas durante el año 1860. Encontramos en abril, fincas urbanas segunda subasta por no haber tenido efecto el primer remate, por falta de licitadores, hornos de pan cocer de: Gómara, Cihuela, Reznos, de sus propios. En mayo anuncio de la venta de los de Morón, Torlengua, Velilla de los Ajos, Alentisque, Taroda, Valtueña, Chércoles, Maján (dos) y Soliedra. En agosto en Deza (dos), La Cueva y en diciembre los dos de Noviercas.

Estamos hablando del patrimonio del pueblo, de una arquitectura tradicional, de una obligación de conservación y trasmisión. Pero sólo son palabras. La realidad es que en nuestros pueblos apenas quedan vecinos, con el paso del tiempo estas dependencias municipales perdieron su utilidad, la realidad es que su conservación es una ilusión. Abandono, ruina y recuerdo, ahora lágrimas de sangre.
Pinilla del Olmo.

La Vega.
Junto a la pérdida de este patrimonio cultural rural, también se ha producido el olvido de un lenguaje. Palabras que se las llevó el viento para siempre. Múltiples nombres ahora en desuso: artesa, cedazos, cernir, maseras, palas, palillas, rasqueta, raedera (de hierro se empleaba para recoger la masa que se quedaba en la madera), rejadilla (palo largo terminado en un arco de hierro que se utilizaba para sacar las hogazas), panera, “barbas”(palo largo con trapos unidos en la punta, se utilizaba para limpiar el piso del horno), “pelleja” (para darle aceite a las hogazas y que así cogieran color).
Hay excepciones, algunos se han conservado y otros se han restaurado. Existe esfuerzo e ilusión, que son dignas de aplaudir. Ayuntamientos, vecinos y asociaciones, en ocasiones con subvenciones, lo han conseguido. Museos etnográficos y utilización esporádica en época estival.
Valloria.
Romanillos de Medinaceli.
Sé que no están todos, pero nombraré aquellos que yo conozco. Abión, Cerbón, Los Campos, Matasejún, Mezquetillas, Oncala, Romanillos de Medinaceli, Señuela, Torrubia, Valdeprado, Valloria, Valtajeros, Villaseca de Arciel y Yelo.
Oncala.

Alcubilla de las Peñas.

Valdeprado.