El cauce del Linares va mermado, espera ansioso, las primeras lluvias de otoño. Pisando sobre las piedras rodadas, lo cruzamos. El puente de madera se lo llevó, ya hace un tiempo, la brava corriente del deshielo. O quizá fue, la crecida, tras la tormenta de verano. Sólo quedan de testigo, sus apoyos centenarios de piedra.

Acequia y río molar comienzan aquí su recorrido. Llegamos a las huertas de Arriba, en el pasado cáñamo y hortalizas, en el regadío. La fuente de agua fría, el plantío y los nogales. Allí están los restos de un molino harinero y su huerta. En diciembre de 1751, cuando se realizó el Catastro del Marqués de la Ensenada, ya lo mencionaba. Era propio del concejo y vecinos de la aldea, que lo tenían arrendado a  Juan León Rojo, su vecino. Llegó la desamortización. Fue en 1860, cuando el molino harinero se saca a pública subasta. Su superficie 41 metros cuadrados. El cárcavo, acequia, piedras, rodezno, canal y demás enseres de dicho artefacto, se encuentran en buen estado de conservación. El rentero era Anselmo del Poyo. Es tasado por los peritos en 6.577 reales. Fue rematado el 24 de septiembre, por 10.500 reales, a Calixto Cuesta, vecino de Palacio. 
Bienes comunales de aprovechamiento de los vecinos, a manos particulares. Unos pocos nombres y apellidos, repetidos y repetidos. Poderoso caballero, el rico más rico y el pobre más pobre. Sacrifico y más sacrificio, siempre de los mismos. Poderoso caballero don dinero. 
Llegaron las fábricas de harina, fue el fin para los molinos harineros. Llegó el silencio, la soledad, el agua remansada.
Y de allí partieron y de allí se fueron.
Entramos en Vea, nombrada en lo antiguo como Bea. El pueblo que fue villa y del que hablaré en otra entrada.
Sobre la ladera, unas cincuenta viviendas y majadas diseminadas. Una casa para sus concejos y la escuela, otra que habitó el cura, su iglesia y la ermita-cementerio, la fragua, su lavadero, el molino harinero y el castillo. 
Década de los sesenta del siglo pasado, llegó la emigración, llegó el fin del pueblo. Estamos pisando historia, historia con mayúsculas. 
Despoblado, abandonado y saqueado. Edificios soportando el paso del tiempo. Esqueletos de madera y piedras en equilibrio. La naturaleza recuperando su terreno. 

Memoria rural, material e inmaterial, desapareciendo o ya desaparecida. Uno se pregunta ¿Cómo fue posible un expolio de estas dimensiones, si estamos a siete kilómetros, por un camino de herradura, de San Pedro Manrique?
La estrecha senda nos lleva a las eras de pan trillar.  Y allí llegamos. Mientras reponemos fuerzas, contemplamos en la lejanía, el castillo, tras la espadaña huérfana. 
Continuemos con nosotros mismos. Cada cual con su historia, amigo Blas Gonzalo. Cada uno es cada cual, amigo Luis Díaz.
Y de allí partieron y de allí se fueron.
Dame tu mano, pasemos la pasarela restaurada. Crucemos ese río de la vida. Vayamos por la senda al lavadero. En silencio, recordemos, revivamos. Olivos que ya no se podan y paredes caídas. Tiremos piedras desde el puente, al agua del barranco Valdevillar. No olvidemos.

Tu mano asida junto a la mía. Ascendamos, entre la maleza. Puente sobre el barranco del prado Redondo, para llegar al cementerio, donde el alma se encoge.
La ermita reconvertida en cementerio parroquial. Pasemos por el hueco, donde hubo una puerta de madera, hasta llegar al atrio. Los pasos cortos y pausados. Hierros oxidados, artesanos del enrejado y de cruces. Letras de nombre y apellidos conocidos, entre la maleza. Y el ataúd comunal, las andas de la parroquia, para cuerpos con sudario, cuerpos envueltos en telas y cubiertos de paño negro, ya no están, entre las ruinas de la iglesia.  Hace muchos años que ya nadie muere en Vea. 

Y allí quedaron.
Sigamos ascendiendo, entre terrazas para el cultivo, bancales en la ladera. Algún almendro e higueras  en terreno agreste, muros de piedra testigos del paso del tiempo y recuerdos. 
Mientras cuentamé otra vez la leyenda. La antigua leyenda santiaguista. 
.- “Iba el apóstol montado en su caballo, quizás perseguido por un dragón de fuego. Dio un gran salto para pasar el barranco y refugiarse en la ermita. Mira ves en el suelo grabadas sus pezuñas".
Llegamos al castillo, sobre la colina, en un peñascal. La atalaya "de los moros”. Las paredes mantienen el equilibrio erguidas hacia el cielo azul. Poco va quedando y pronto nada quedará. La fortaleza derruida. 

En las Cortes de 1322: "Otrossy a lo que me pedieron que la villa de Vea sseyendo del Rey, que Diego López e Alffonso Ffernandez ffijos de Lope Ortiz de Aztunega que entraron de noche con gentes e ffurtaron la villa de Vea sseyendo del rey, e acharon los que y moravan e tomaron les quanto les ffallaron, e ffezieron ffortaleza en ella e tienen la en su poder assi la fortaleza como la villa, e non la quieren dexar maguer del Rey les a embiado ssus cartas e ssus porteros en que lles manda quel dexen la dicha villa y ffortaleza, e non lo an querido ffazer. Et que me pedian merced que fuissase commo la villa del Rey non ese pierda nin sse astraguer nin sse pierda, mays que ffinque del Rey e para ssu sservicio e de ssu ssennorio, et que la ffortaleza que se derribe luego. Respondo a esto que yo que ffare todo mio poder en embiar cartas del Rey e mias etodas las otras cosas que vierdes que yo puedo ffacer, porque el ssennorio del Rey ssea complido e la su tierra guardada para ssu sservicio".
El sonido del viento me devolvió a la realidad. Desperté de un sueño del pasado. Abrí los ojos, busqué la mano amiga y ya no estaba. Contemplé el pueblo, contemplé el paisaje. El sol se va escondiendo, busca su descanso. Y allí los suyos subieron sus cenizas. Allí quedó la esperanza. 
Y de allí partieron y de allí se fueron.
Día de comienzos del otoño, los chopos del Linares ya amarillean. Vuelvo a recorrer los poco más de siete kilómetros, que separan San Pedro Manrique de Vea. Esta vez acompañado de dos buenos amigos, andando de la villa al despoblado. Aunque ya lo la he recorrido otras veces, sigue sorprendiéndome. El paisaje, tras cada curva del camino, me impresiona por su belleza.


La senda, estrecho camino de herradura, con algún muro de contención acompaña al río en su recorrido. El afluente del Alhama avanza encañonado hasta Vea, para luego seguir con su vida, camino de Villarijo. A veces se acerca como queriendo abrazarlo, molinos harineros, centrales eléctricas y huertos en sus márgenes, ahora abandonados. Proyectos de rehabilitación, románticos para alguno, y restauraciones que ilusionan para otros. A medida que avanzamos se aleja del agua, va serpenteando a media ladera, sorteando las roquedas, entre vegetación autóctona o entre malditos pinos de repoblación. 


Es un día entre semana, hay silencio al caminar. El sonido del silencio, propicio para imaginar, para recordar lo leído o lo contado. En otros tiempos vereda transitada por caballerías y albarcas. Días de mercado, los lunes a San Pedro y días de molienda. Molinos maquileros de agua, talegas, harina, salvado y muchas historias. Sobre angarillas, tetones o cabritos, en lomos de mulos. Camino de ida, camino de vuelta. Recua con aceite y vino, tratantes de blusa negra o tenderos trashumantes. Dura vida, que ya hemos olvidado. Una forma de vida, quizás la única posible.
Caminemos, sigamos avanzando, barranco de San Fructuoso, ermita en la cumbre y agua al Linares para abastecer otros molinos. La central, la Media Legua y el municipal de Vea.


Y de allí partieron y de allí se fueron.
En el camino, por razones sentimentales, parada obligada. Ven acompáñame a este molino-aldea, la que está a “Media Legua”. En diciembre de 1751, cuando se realizó el catastro del Marques de la Ensenada, ya aparecía. Era propio de Diego León, vecino de Vea, quien se lo administra por sí. El molino que también fue central eléctrica, para iluminar tenuemente San Pedro.
Ves el horno de cocer el pan, cuanto esfuerzo e ingenio. Piedra sobre piedra y atrio cubierto, ladrillos y teja en su interior, cuanta belleza. Sientes el olor de la hornada o el humo perfumado, de espinos, chaparros y estepas en combustión. No te asustes, son las palomas que vienen a posarse en las repisa, antes de entrar a satisfacer los buches de sus pichones. Ves las gallinas picotear la hierba fresca, mientras se escucha el “clo, clo, clo..”, de la clueca incubando. Oyes el relinchar de las caballerías, mientras su amo, toca la fina harina de la molienda, antes de meterla en las talegas. O las voces infantiles. Vienen de la cocina, mientras a fuego lento, sobre las trébedes, el guiso lentamente se cocina, .....  
Descendamos hasta el río, toquemos el agua de la vida.
Negro día, en el paisaje nevado, de un veinticinco de enero del año 1915. La negra muerte llegó a la fábrica de luz, en el cuadro de distribución. Marcos las Heras Marqués. Cuánto esfuerzo después, pañuelo y sayas negras. Casimira León Jiménez. 
Y de allí partieron y de allí se fueron.
Ahora sólo maleza, la naturaleza haciendo su trabajo, y las piedras caídas. El molino, el horno, el gallinero, las construcciones anexas, todo en ruinas. Letras rojas en la puerta, “Molino de la Media Legua”, que el tiempo se ha encargado de borrar. Números, cuentas de molienda, aparecen difuminadas, en el yeso blanco de las paredes. Cerca el cauce del río de la vida, junto a los cimientos del puente, que la riada se llevó.
Seguimos el camino, encina solitaria que desde su puesto privilegiado, contempla el valle. Pasamos el puente de piedra, hermoso puente, para salvar las lluvias de montaña o el deshielo. Admiremos la encina centenaria, que yace derrotada por el rayo y el viento, arrancada de la tierra que le vio nacer.   


Hasta que llegamos a Vea. Allí está: "en un peñascal donde el diablo no pudo entrar", dice la epístola satírica. La leyenda, la cabrada con antorchas encendidas en los cuernos, para hacer pensar a la morisma que estaba bien defendida.
Vea, o antes Bea, el pueblo, las ruinas, el expolio y el vandalismo continuado.
Uno recuerda el pasado y lo vivido, mientras camina por las estrechas y empinadas calles, esos médicos rurales, amigo Blas Gonzalo. Otro sobrevuela y contempla, los restos del pasado, amigo Luis  Díaz. Las casas, las majadas, el molino, el cementerio, la iglesia, la escuela y el ayuntamiento, la plaza, la casa del curato,..... Admiran el esfuerzo, sé que vosotros lo sabéis valorar. Yo voy a realizar un deseo, otras veces postergado. Ascenderé al castillo, ése que desde la era, tras la espadaña huérfana, en el cerro se divisa.
Y de allí partieron y de allí se fueron.


Pequeño pueblo soriano, tierras de labor y montes de encina. Unas tierras que siempre estuvieron ahí. El horizonte despejado y los campos verdes de primavera. Pasó el crudo invierno soriano, el manto blanco y los carámbanos en equilibrio. Benditas suertes de leña en el monte comunal. Cisqueros y leñadores. Carbón vegetal en braseros, sacos de cisco y leña en la chimenea.
Lentamente traspasa el quicio de la puerta, de la casa del esfuerzo. Ayudado de su fiel amigo, un bastón con empuñadura de águila. Se sienta sobre su silla de anea. Eleva la mirada hacia el azul, del claro cielo. En un vuelo imaginario, alas explayadas, contempla la decadencia de unas tierras, que durante siglos sobrevivieron a las adversidades.
Las imágenes y las palabras se agolpan, todas quieren salir a la vez. En la cara la sonrisa de unos tiempos de recuerdos, de unas fotos en blanco y negro. Las casas habitadas y los niños en la escuela. Trabajo y más trabajo. La fragua, el horno y el lavadero. Trabajo y más trabajo. Las tierras y el ganado. Y una sonrisa en la cara.
Tradición oral y leyenda en tierra de centeno, que da  nombre al pueblo, a su pueblo. Una yunta de bueyes labrando el campo, tierra fértil junto al arroyo Linares. La reja aguzada, otra muesca en la tablilla del herrero, para con los frutos recogidos saldar la deuda. Sobre el surco aparece la imagen desenterrada. Allí se edificó la ermita, piedra sobre piedra. Allí se veneró a la Virgen: “Virgen Santa de Linares/eres hermosa princesa,/salisteis a un labrador/en la punta de la reja”. Y al lado se construyó la casa del santero, abobe sobre adobe. Tierras comunales y herencias devotas para su sustento.
Fiestas profanas y también religiosas. Disparos de cohetes, ronda de dulzaineros y jotas, animados y concurridos bailes y los partidos de pelota. Repique de campanas y misa en San Lorenzo Mártir. 
Y el segundo día  procesión a la Ermita. Dianas, al alba el Rosario por el pueblo y la virgen paseada  a hombros de los jóvenes. Notas de música sacra recorren el camino, algo más de un kilómetro, tras los pendones. Cánticos a la Virgen y andas a hombros. Subasta de las roscas y banzos en la explanada, junto a la casa del santero, antes de la misa.
Con voz entrecortada, pausadamente, ahora surgen palabras de resignación. Las casas vacías y el silencio. Y la ermita en ruinas. 
El tejado caído. Ya no quedan ni los sillares de la puerta de acceso. Piedras labradas por canteros, tal vez, en chalet de pudientes.
No pisaré el camino, ese camino que lleva a la ermita.
Ya desaparecieron los exvotos de sus paredes. Trenzas anudadas y cera moldeada. La devoción tras promesas cumplidas. Fotos de soldados para la protección y fe en curaciones milagrosas.  
No transitaré por ese camino.
Ya no está la reja que protegía la entrada, no hace tanto que desapareció. Maldito usurero que compra, quizás lo que otros forzados por la necesidad usurparon.
Ya dejé de recorrer hace tiempo, la senda que a orillas del Duero lleva. 
Ya hace tiempo que no suena el campanillo. Ya no sale en septiembre, tras los frutos recogidos, la patrona venerada. No peregrina, a hombros de la fe o de la tradición, a su morada.
Ya no peregrinaré, yo tampoco.
No me gusta blasfemar, pero mal nacidos aquellos que en unos pocos años, han destruido lo que se construyó en siglos.
Y allí quedó Eugenio con sus recuerdos. Sonrisas y lágrimas. Y allí volveré cuando las lluvias de primavera y el tibio sol soriano, hagan florecer las violetas bajo el azul del cielo.



Cuando el día clarea, tras los cristales empañados, se perciben los copos de blanca nieve. Caen lentamente, pausadamente se van depositando sobre el manto inmaculado, ya existente. En el silencio de la pequeña alcoba, con suelo de madera, se oye la tenue música de compañía, que la radio philips emite. Y sobre la vieja mesilla de roble, junto al reloj, el vaso de agua espera para alivio del asma sobrevenida al abuelo.
Con los primeros rayos de luz, a través del pequeño ventanuco del somero, sangre de la sangre, dirige la mirada por encima de los tejados, a la ventana del cuarto del abuelo. Tiene la esperanza de que no esté allí. Que no se divise el trapo rojo entrelazado y que el viento ondearía en la distancia. Su ausencia es la señal convenida, otra noche pasada sin novedad. El trapo yace en espera, anudado sobre la silla con asiento de anea.
Recuerdos, muchos recuerdos adormecidos, que con el alba a borbotones a la mente le afloran.
Tiempos del pasado, de nieve y cellisca, de muchos grados bajo cero y grandes carámbanos colgando de los aleros. Tañidos monótonos de campanas, toque de perdidos y luces de faroles. La ausencia del vecino y quizás el negro de la noche. Sonidos de bocina y bando del alcalde pregonado por el alguacil, para “abrir camino”. “Por el señor alcalde se hace saber”, la voz recorre el aire del pequeño pueblo. Quizás sea necesaria la presencia del médico o el veterinario, quizás tengan que transitar el caballo o el mulo.  Una persona por casa abierta. Pala en mano, polainas y tapabocas. Camino estrecho por la vieja calzada hasta donde acaba el término municipal. Allí donde se juntará con la senda que otros vecinos del pueblo continuo realizarán. El mismo camino que muchos vecinos habían tomado, poco a poco, sin prisa ni pausa, con la esperanza de una vida mejor. Raíces arrancadas de su tierra, por la miseria del momento fomentada. Tiempos de nombres, ahora raros, que se fueron para no volver.
Y después, hay que hacer otro camino, estrecho camino del esfuerzo, para dar de comer y beber a los animales.
Presentía desde su cama las sierras cubiertas de nieve helada. Las recordaba y las sentía llenas de fina hierba, como cuando llegaba con las merinas, al agostadero deseado. Ahora incrédulo veía que las vacas habían sustituido la riqueza de siglos de estas tierras. Lo que no lograba entender es el futuro, carne artificial creada en laboratorio le decía el nieto. No me lo creo, eso no es posible.
La abuela, enjuta y de pequeña estatura, ya había saludado al nuevo día. A través de la trampilla deja caer esparcidos los granos de trigo, se oye el sonido agradecido de las gallinas mientras el gallo altivo vijila posado sobre el zarzo. En la cocina se oye el sonido del fuego crepitando. El roble, cortado en la dehesa boyal en la suerte del año anterior, se va consumiendo dando algo de calor a la estancia. Un Hércules y el león difuminados, se distinguen en el trasfuego. Sobre las trébedes el caldero borboteando, pequeñas patatas y hojas de berzas para los cerdos. De las vigas de madera del techo cuelgan varas, con algunas vueltas de chorizos. Era un pequeña y oscura estancia, con las paredes ennegrecidas. La alacena empotrada para guardar las viejas sartenes de patas. En el vasar la irregular vajilla descansa. El cantarero, donde un botijo, el rallo y dos cantaros de colores, marrón y negro, descansan. Sobre la pequeña mesa, tantas veces pintada, el calorífico de cinc con su funda de vivos colores, donde las dos sillas se esconden.
En el hogar bajo, el puchero cocinando el guiso a fuego lento y un banco de patas desiguales. En el aire el eco de cuentos, leyendas y romances, tantas veces recitados. Palabras pausadas del día a día, palabras pausadas de decisiones trascendentes.
El abuelo, hace tiempo que ya había comprendido que la única verdad, verdad verdadera, era que si había nacido tendría que morir. Desde la ventana divisaba el nogal. Los arboles hay que dejarlos crecer, pero no crecerán si una sombra los tapa, Solamente, solamente en caso que se tuerzan habrá que poner una horcacha para guiarlos. La vida es como la naturaleza, sentenciaba el abuelo.
Se sentía mayor, había entendido que tendría que elegir, que no le quedaban suficientes días y fuerzas para todo lo que le gustaría hacer. Había entendido la vida, el sentido de su vida. 
Arriba en el somero, colgados de púas y clavos, quedan objetos del pasado cubiertos de polvo. Se resistió a venderlos a ese anticuario usurero. Antes regalados que mal vendidos. Abrió y cerró los ojos. Los visualizó, allí estaban como testigos de una vida de sacrificio, con su valor sentimental. Nombres y objetos que se van perdiendo ante la inmediatez actual. 
No entendía, ni asentía, el “cuanto menos seamos a más nos toca “ y su rostro se trasformó al escuchar una conversación, sentado en el poyo de piedra de la plaza.
¿Sabes cuál es el pueblo donde mejor se llevan los vecinos? 
- Pues ni idea. 
Es aquel en que solo quedan dos.
- ¿Por qué?.
Pues, porque no se hablan.
El abuelo era conocedor de mundo y respetaba la diversidad. Sería por el intercambio experimentado en sus largos viajes a extremos, después de la incivil guerra. 
No entendía el individualismo de la sociedad actual. Sabía que la sociabilidad era un pilar fundamental en la vida, en la convivencia de los pequeños pueblos. 
La colectividad. Las fiestas y los juegos infantiles. El trasnocho a la luz del candil, con el brasero de ascuas rojizas en los pies. Los trabajos a reo vecino o adra, para reparar paredes de dehesas boyales, caminos, puentes y acequias. La matanza del cerdo, imprescindible acontecimiento familiar. El juntar varios vecinos las ovejas para hacer piara. El segar los cereales entre varios, para optimizar maquinaria. Recuerdos. 
Veía los hombres en la fragua en torno al fuego, con el sonido de fondo del martillo golpeando sobre el yunque. La pequeña taberna, palabras entorno a un porrón y al cuarterón. Y a las mujeres en el horno comunal, mientras amasaban y cocían las hogazas. En el lavadero público o pozo de concejo. En la fuente, cántaros en la cabeza sobre el rodete En los carasoles, hilando o cosiendo. Más recuerdos.
No se encuentra más solo el que solo está, decía el abuelo.
Saca un moquero nuevo, planchado, lentamente lo extiende y enjuga las lágrimas que brotan del corazón. Lagrimas que, como riachuelos de montaña, se abren camino entre los surcos de la vida. Viviendo y muriendo.

Dormido o despierto. Todo fue un sueño, abrí los ojos y fui allí donde las raíces se juntan con la tierra. Atrás quedaron los tiempos de intercambios de saludos, ahora son tiempos de palabras mudas. Del silencio roto por el viento, penetrando por los huecos de las casas en ruinas. En unas pocas décadas hemos permitido, hemos consentido, fuimos cómplices de que se pierda lo que con tanto esfuerzo, en siglos construyeron nuestros ancestros. Y debería hacernos pensar, si aún somos capaces de pensar.