Vea. (Bea). Molino de la Media Legua. Un paseo a los orígenes.

Día de comienzos del otoño, los chopos del Linares ya amarillean. Vuelvo a recorrer los poco más de siete kilómetros, que separan San Pedro Manrique de Vea. Esta vez acompañado de dos buenos amigos, andando de la villa al despoblado. Aunque ya lo la he recorrido otras veces, sigue sorprendiéndome. El paisaje, tras cada curva del camino, me impresiona por su belleza.


La senda, estrecho camino de herradura, con algún muro de contención acompaña al río en su recorrido. El afluente del Alhama avanza encañonado hasta Vea, para luego seguir con su vida, camino de Villarijo. A veces se acerca como queriendo abrazarlo, molinos harineros, centrales eléctricas y huertos en sus márgenes, ahora abandonados. Proyectos de rehabilitación, románticos para alguno, y restauraciones que ilusionan para otros. A medida que avanzamos se aleja del agua, va serpenteando a media ladera, sorteando las roquedas, entre vegetación autóctona o entre malditos pinos de repoblación. 


Es un día entre semana, hay silencio al caminar. El sonido del silencio, propicio para imaginar, para recordar lo leído o lo contado. En otros tiempos vereda transitada por caballerías y albarcas. Días de mercado, los lunes a San Pedro y días de molienda. Molinos maquileros de agua, talegas, harina, salvado y muchas historias. Sobre angarillas, tetones o cabritos, en lomos de mulos. Camino de ida, camino de vuelta. Recua con aceite y vino, tratantes de blusa negra o tenderos trashumantes. Dura vida, que ya hemos olvidado. Una forma de vida, quizás la única posible.
Caminemos, sigamos avanzando, barranco de San Fructuoso, ermita en la cumbre y agua al Linares para abastecer otros molinos. La central, la Media Legua y el municipal de Vea.


Y de allí partieron y de allí se fueron.
En el camino, por razones sentimentales, parada obligada. Ven acompáñame a este molino-aldea, la que está a “Media Legua”. En diciembre de 1751, cuando se realizó el catastro del Marques de la Ensenada, ya aparecía. Era propio de Diego León, vecino de Vea, quien se lo administra por sí. El molino que también fue central eléctrica, para iluminar tenuemente San Pedro.
Ves el horno de cocer el pan, cuanto esfuerzo e ingenio. Piedra sobre piedra y atrio cubierto, ladrillos y teja en su interior, cuanta belleza. Sientes el olor de la hornada o el humo perfumado, de espinos, chaparros y estepas en combustión. No te asustes, son las palomas que vienen a posarse en las repisa, antes de entrar a satisfacer los buches de sus pichones. Ves las gallinas picotear la hierba fresca, mientras se escucha el “clo, clo, clo..”, de la clueca incubando. Oyes el relinchar de las caballerías, mientras su amo, toca la fina harina de la molienda, antes de meterla en las talegas. O las voces infantiles. Vienen de la cocina, mientras a fuego lento, sobre las trébedes, el guiso lentamente se cocina, .....  
Descendamos hasta el río, toquemos el agua de la vida.
Negro día, en el paisaje nevado, de un veinticinco de enero del año 1915. La negra muerte llegó a la fábrica de luz, en el cuadro de distribución. Marcos las Heras Marqués. Cuánto esfuerzo después, pañuelo y sayas negras. Casimira León Jiménez. 
Y de allí partieron y de allí se fueron.
Ahora sólo maleza, la naturaleza haciendo su trabajo, y las piedras caídas. El molino, el horno, el gallinero, las construcciones anexas, todo en ruinas. Letras rojas en la puerta, “Molino de la Media Legua”, que el tiempo se ha encargado de borrar. Números, cuentas de molienda, aparecen difuminadas, en el yeso blanco de las paredes. Cerca el cauce del río de la vida, junto a los cimientos del puente, que la riada se llevó.
Seguimos el camino, encina solitaria que desde su puesto privilegiado, contempla el valle. Pasamos el puente de piedra, hermoso puente, para salvar las lluvias de montaña o el deshielo. Admiremos la encina centenaria, que yace derrotada por el rayo y el viento, arrancada de la tierra que le vio nacer.   

Hasta que llegamos a Vea. Allí está: "en un peñascal donde el diablo no pudo entrar", dice la epístola satírica. La leyenda, la cabrada con antorchas encendidas en los cuernos, para hacer pensar a la morisma que estaba bien defendida.
Vea, o antes Bea, el pueblo, las ruinas, el expolio y el vandalismo continuado.
Uno recuerda el pasado y lo vivido, mientras camina por las estrechas y empinadas calles, esos médicos rurales, amigo Blas Gonzalo. Otro sobrevuela y contempla, los restos del pasado, amigo Luis  Díaz. Las casas, las majadas, el molino, el cementerio, la iglesia, la escuela y el ayuntamiento, la plaza, la casa del curato,..... Admiran el esfuerzo, sé que vosotros lo sabéis valorar. Yo voy a realizar un deseo, otras veces postergado. Ascenderé al castillo, ése que desde la era, tras la espadaña huérfana, en el cerro se divisa.
Y de allí partieron y de allí se fueron.


4 comentarios:

  1. De allí partieron y de allí se fueron, pero intentaremos que no se pierda del todo. Dicen que mientras se recuerda algo o alguien, nunca acaba de morir. Muchas gracias por tu interés por Vea y la Media Legua.

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  2. Gracias por tu comentario. Yo, como otras veces, hice el camino de ida y de vuelta. Allí dejé la ilusión, de unos nuevos pobladores. Espero que el tiempo no borre el esfuerzo y las vivencias de nuestros ancestros.

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  3. Alguien dijo "hay historias que se parecen tanto que, a veces, se confunden"; es lo que me pasó al leerte, Candi, con tus escritos recupero parte de mi memoria.
    He podido recorrer, de nuevo, el camino que hice a nuestra ya mítica Vea, paradigma con Sarnago de la despoblación de tierras altas, y sentir las emociones que ello me produjo: la desolación ante tanta ruina, puertas arrancadas, casas caídas (la espadaña aún se mantenía), las zarzas, el silencio, la tristeza infinita de los que se fueron, arrancados de su niñez, de sus raíces, de sus afectos, de sus caminos, de sus muertos...
    En el coro de la Iglesia de Vea se podía leer un mensaje de Marcos León: "21 de octubre de 1962. Se ha terminado el pueblo, ya se ha terminado la fiesta, que no sé si habrá más años, porque desaparecieron un 90 %...
    La vida es también pérdida. Pérdida de los que vivieron con nosotros en nuestra niñez, de los que nos acompañaron en nuestro camino. Yo perdí a Elisa, mi prima querida, con la que hicimos el camino a Vea aquel 8 de agosto de 2009. Que esto sea un homenaje particular a aquellas personas que de una forma u otra tuvieron que partir.
    Termino con las preguntas que se hacía Abel Hernández en Historias de la Alcarama: ¿qué nos está pasando? ¿Me quieres decir qué mundo es este en el que se despuebla el paraíso?

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    1. Precioso comentario Sagrario, que comparto en su totalidad.

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