Horno de pan cocer. Horno de poya.

El sol ya se va poniendo, sus rayos se difuminan y desaparecen, es la hora estipulada. Algunas mujeres se han juntado en el “horno de pan cocer”. Es la hora de echar la suerte, de determinar el orden para la cocción. En la boca se hace el sorteo. En un doblez del delantal, que la hornera había formado, se han introducido las monedas, todas iguales de 5 céntimos. Previamente las han marcado, con señales diferentes. Muescas, cruces o rayas, hechas con la horquilla de recoger el pelo. Bailan y bailan, se oye su sonido metálico. Una mano inocente las va sacando, así será el orden en que deban utilizarlo.
La suerte había querido que le tocara, al día siguiente por la mañana. La noche anterior sacó la levadura, la “masa madre”, que bonito nombre. Era masa del último amasado, guardada en un puchero rojo, dentro de la fresquera. La vez anterior se la había tenido que prestar su vecina. “Hoy por ti, mañana por mí”.    
Ocenilla.
El agua cae lentamente, del cántaro rojo, en la palangana de porcelana. Las manos lavadas y el delantal inmaculado, asido a la cintura. Comienza el ritual heredado. La vieja artesa, donde se amasaba, volvía a tomar vida. La harina en abundancia cubría su base, en el centro las manos expertas, hacen un hoyo. Allí deposita la levadura y añade el agua con sal. Sobre un litro, calentado en las ascuas de la chimenea baja. Con cariño, unas manos femeninas, expertas la trabajan. La masa ya está formada. Levadura, harina y agua compactadas. Cuida su tesoro, lo protege del frío. Delicadamente la cubre con un trapo y sobre él, echa una capa de harina. Costumbre, palabras de fe trasmitidas, pronuncia en alto: “Dios te crezca y te adonezca y te ponga lo que te haga falta”.
Y descansa, hasta el día siguiente, la masa abrigada. El día continúa, para las poco valoradas, mujeres de nuestros pueblos.   
Señuela
Amanece y el trabajo sigue. Sobre unas trébedes ennegrecidas está apoyado, el caldero de cobre, calentándose en la lumbre. Casi un litro de agua por hogaza. La levadura se ha abierto, “ha venido”, la levadura está buena. En la artesa, lentamente y con cariño, comienza el amasado. Empieza la “soba”, de harina, la que admita. Por ser mucha la cantidad, hace dos partes. Las amasa separadamente y luego la junta. La coloca en una esquina y la tapa con el “masero”, un trapo limpio. Debajo de la artesa, el brasero con ascuas, para que no se resfríe y venga antes la masa. Hay que cuidarla, hay que mimarla. El pan es fundamental, en una alimentación de subsistencia.
Matasejún.
Ya está amasado, ya tenemos la masa grande. Lo primero y antes de que se olvide, separar una pequeña porción. Será la levadura, para que el proceso comience dentro de unos diez días.
Allí en reposo, aguarda aproximadamente una hora. Ya comienza a hacer las hogazas. Las va colocando en unas tablas largas. Siete en cada una, sobre un “masero”, con el que después las cubre. Ya están dispuestas para llevarlas al horno. La tabla, en equilibrio apoyada en el rodete, sobre la cabeza. Ha pasado algo menos de una hora, desde que finalizó el amasado. Ya puede comenzar el proceso de cocción.
Valloria.
La hornada, entre 25 y 30 hogazas, en esta ocasión era compartida por dos vecinas. Sobre la masa a cocer se habían hecho marcas propias, para diferenciar las hogazas de cada una. La hornija empleada como combustible, la habían llevado a partes iguales. Del “hornijal”, cada una había traído uno o dos haces al horno.
Villalba.
La hornera es la encargada de encenderlo. Los espinos y zarzas arden, se oye el crepitar de la leña. El humo sale por la chimenea del pequeño edificio, asciende lentamente difuminándose en el cielo azul. El color de la bóveda ha cambiado, ahora es blanco.
Con el hurgonero, el palo largo, va deshaciendo las brasas. Las barre con las “bragas” o “barbas” amontonándolas en la entrada, a un lado. Era el momento esperado. La hornera las iba introduciendo con la pala, cogiendo bien la vuelta del horno, círculos concéntricos de hogazas. La primera una torta, con surcos redondos donde lleva aceite. 
La boca cerrada con la chapa metálica. Con la rejilla las va moviendo para ponerlas en el lugar adecuado, según llevan la cocción. Ya están las hogazas rojas. Las va sacando con otra rejilla más grande. En los poyos de piedra esperan. Allí estaban las hogazas, allí olía a pan cocido. Una vez que se han enfriado, las mete en cestos de mimbre, para llevarlas a casa.
A la par ha cocido unos bollos, en su interior contienen chorizo, tocino y huevo. Irán en el zurrón, será la merienda para el pastor, mientras cuidaba el rebaño.
El calor del horno ha bajado, ahora es el momento de hacer las tortas de cenceña o de chichorras.
La hornera se había encargado de la cocción. Solo faltaba pagar su trabajo, abonar “la poya”. Una hogaza por cada vecina que había cocido, ese era el precio.
El número de vecinos disminuyó, el horno de poya se convirtió en horno comunal, en el que cada vecino cocía su propio pan.
Estepa de San Juan.
Y luego ese horno, como muchas más, desapareció. 

Estas líneas son un homenaje a las mujeres que los utilizaron y en especial, a quien me dio la vida.



2 comentarios:

  1. Muy interesante tu detallada descripción del funcionamiento de los desaparecidos hornos de poya. Me parece muy importante dar a conocer esa extinta actividad, esas palabras en desuso, ese homenaje a las mujeres rurales tan sacrificadas. Enhorabuena por tu trabajo, ejerces de antropólogo social

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    1. Agradezco tus palabras María. Más sabiendo que eres conocedora de los hornos de poya, en la provincia de Soria.

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